Archivos con la etiqueta: ser madre

12 de marzo de 2013

Es herencia de mis antepasados, un sello que se ha ido imprimiendo de generación en generación y que reza así: No se disfruta de nada hasta que no se trabaje primero y se trabaje bien y hasta el último detalle. No se juega a la pelota hasta que se terminen los deberes. No se echa la siesta hasta que se frieguen los platos. No se ve la tele hasta que se pase la aspiradora. Amén y amén.

Muy bien. Me ha servido. Con una filosofía similar, he conseguido unas cuantas cosas en la vida. De madre primeriza, intenté aplicarla lo mejor que pude. Con otro niño, más o menos también, aunque la interpretación de dicha regla era cada vez más amplia. Con tres…tal vez las aguas del tiempo suavicen ese sello indeleble. Tal vez esté desaprendiendo y reaprendiendo.

Porque el tiovivo de la semana gira y gira.

Y si yo trabajo primero y disfruto después, no me enteraré ni de que había terrones de azúcar en la vida.

Con el agotamiento a cuestas, empiezo a entender que mi renovación es vital e incluso anterior al trabajo puro y duro de cada día. Que mi amor se resquebraja, mi salud mental tambalea, mis fuerzas se abaten cuando no me estoy recreando.

Pero cuando digo recreación, tampoco hablo de ocio, diversión, tiempo libre, ni siquiera descanso.

Por ejemplo, veamos una opción fácil: ver una película o una serie por la noche con mi marido. Apetece. Solo hay que usar un mando a distancia. Recibir con el cerebro hecho papilla y el cuerpo rendido. Me encanta una buena película, pero ¿es lo que más me satisface?

Otra opción fácil, esta tal vez durante el día. Ver qué está haciendo la gente en Facebook. “Conectar”. O no. Cotillear. ¿Me llena?

Otra opción más elaborada: quedar con amigas. (Y las amigas que me lean, que por favor no lo interpreten mal, pues ya he escrito en el pasado sobre cómo disfruto con ellas y me recuerdan que soy humana.) Pero como introvertida moderada en un ambiente tan social, ¿será lo que habitualmente me recargue las pilas?

Muchas revistas te animan a “cuidarte” = comprarte una faldita, pedir un peinado nuevo en la pelu o ir a hacerte la manicura. Pero ¿qué pasa cuando todas estas actividades femeninas, por mucho que te agrade el resultado final…te parecen más bien un mal necesario?

¿Qué es lo que te revitaliza?

Quiero darte una pista: en muchos casos lo que renueva es la reCREACIÓN. CREAR. No simplemente recibir las creaciones de los demás: recibir la película, recibir las conversaciones de los demás o recibir el peinado nuevo.

¿Qué te gusta crear y qué te reCREA a ti? ¿Qué te vuelve a anclar, devuelve el brillo a tus ojos, llena tu pecho de satisfacción, te bien-dice y por ende a los que te rodean?

Te animo a que hagas una lista de qué es lo que te renueva.

No te voy a decir cuántas veces a la semana debes recrearte, ni que debes tener un hobby. Solo te voy a animar a que saques un papel y hagas una lista de qué harías para renovarte si tuvieras el tiempo libre que no tienes. Después, tacha cualquier cosa que realmente no te llene o te emocione. Y finalmente, cuando puedas, empieza a apartar unos minutos de recreación auténtica y avivamiento en tu vida.

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08 de marzo de 2012

Ya son varias noches que To y yo nos miramos y suspiramos:

– Este barco se hunde.

Seguimos sacando cubitos de agua a todas horas, pero se hunde en circunstancias en las que todo converge y hace que la vida sea un esfuerzo inmenso, una saturación a todos los niveles.

Anoche no sólo se hundía el barco, sino que estallaron las fuentes de los abismos profundos de mis adentros, primero porque en medio de mi discurso existencial, To se quedó frito y empezó a roncar. (Esto lo puedo contar porque yo también me he quedado dormida durante algunos de sus monólogos más importantes. La diferencia es que los suyos los pronuncia cada cinco años y los míos se emiten por lo menos una vez al mes. Pero si me echa en cara que lo mío es más grave, siempre le recuerdo que se durmió durante mi primer parto.)

(Es lo que tiene hablar tumbados en la cama con la luz apagada…o esperar el parto ajeno tumbado en una cama. Vuelvo a tomar nota: no tumbarse en los momentos importantes de la vida.)

Y segundo porque mi discurso existencial englobaba demasiado para el tamaño de este corazón de mujer y madre – más o menos, el universo, que no me veo capaz de manejar pero que quisiera controlar por el bien de mi familia. ¿Por qué no ofrecen carreras en eso, la administración del universo?

Confieso que aunque pueda aderezar esta entrada con humor, en ese momento sentía que me tragaba un agujero negro de dicho universo. Miraba hacia atrás con preocupación y veía los errores que había cometido. Miraba el presente con desesperanza. Miraba hacia el futuro con temor.

Pero en lo oscuro del dormitorio, con los ronquidos ambientales de mi marido, me acordé de la letra de un himno antiguo que no había escuchado en años, un himno inspirado en el salmo 90. La letra mira hacia atrás con asombro y recuerda la ayuda de Dios. Mira el presente con seguridad, subrayando que Dios es refugio en la tormenta. Mira hacia el futuro con esperanza, reconociendo que Dios mismo es nuestro hogar.

Con esta letra, una mano tranquila se posó en mi hombro y apagó el grifo de ansiedad que me estaba corroyendo.

Cuanto más se complica la vida, más me doy cuenta de que no puedo ser madre sola. Ni mi inteligencia ni mi intuición son suficientes, ni siquiera la experiencia colectiva de otras madres o de la familia. El apoyo de mi marido es maravilloso, pero a él también se le escapa de las manos. Los expertos, los educadores, los médicos nos pueden hablar de su área de conocimiento. Pero nadie lo engloba todo. Nadie se ha sacado el máster del universo…ni del corazón humano. Él único que cubre mi pasado, presente y futuro de manera íntima, completa, global, universal es mi Creador, también el Creador de mis hijos. Y creedme, su amor supera el que de tanto hacemos alarde, el de madre, pues él mismo es la fuente de ese amor.

Puede que este barco zozobre, pero no va a ninguna parte sin él. Así que en esta noche dejo el cubo, y me voy a la cama arropada en lo que conozco del Dios del universo, que es más que capaz de mantenerlo todo a flote.

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23 de febrero de 2012

Esta mañana estaba de lo más feliz.

Llevaba casi toda la semana con Pin y Pon en casa por sendas enfermedades y me había atrasado muchísimo con la vida en general. Para colmo, salimos de viaje este fin de semana, y tenía mucho que preparar.

Esta mañana, por primera vez en su corta vida, Pun decidió echarse una siesta larguísima. Y estando las cosas como estaban, yo no iba a despertarla. No, señor.

Así que despaché a Pin y Pon como pude y me puse a hacer de todo como un torbellino. Recogí toda la casa, vacié el lavavajillas, puse colada tras colada, hice la comida, empecé la maletas, hice una tabla de ejercicios (¡sí, yo!), me ¡¡¡duché!!! (llevaba tres días sin poder ducharme por las circunstancias). Perdí la cuenta de todo lo que hice.

Para quien vive otra serie de sensaciones a diario, esto es como una broma, pero para mí fue histórico ver el fregadero vacío. No estaba de compras ni con mis amigas ni en un spa ni en un rincón leyendo ni echándome la siesta ni comiendo un pastel de chocolate ni de vacaciones, pero os aseguro, estaba feliz de la vida.

Consideremos: madre feliz = niños felices.

¿Cómo estaban los niños esta mañana? ¿Más contentos que unas castañuelas?

Pues no. Al principio sí. Pero conforme recibían respuestas cada vez más cortas, más preguntas hacían. Cuanto más les sacaba rápidamente lo que necesitaban, más cosas me pedían. Cuanto más les ignoraba, más trastadas hacían para conseguir mi atención. Acabaron peleándose y llorando.

En esta ocasión: madre feliz = niños infelices.

Ayer, me tiré media mañana entre leerle a Pin que sufría de otitis y darle el pecho a Pun. Os aseguro que no me sentía feliz. Estaba en pijama, no me había duchado, había caos a mi alrededor. No por mis hijas, sino por lo desastroso de las circunstancias, hubiera preferido estar en cualquier lugar que allí mismo en el sofá con ellas.

Sin embargo, ¿estaban felices mis dos hijas? Ya lo creo, sin sombra de preocupación o de infelicidad.

En esta ocasión: madre infeliz = niños felices.

No es difícil llegar a la conclusión que la meta no es la felicidad en sí.

Mi meta, como madre, es el amor.

Si les hubiera amado un poco más esta mañana – si hubiera dejado tan sólo una de “mis” cosas sin hacer, y les hubiera prestado más atención cuando realmente la necesitaban – hubiera tenido niños seguros y, por ende, felices.

Porque ayer mostré amor a mis niñas a pesar de mis sentimientos, tuve niñas felices.

Y por eso, quiero que mi meta sea:

Madre que ama = niños que se saben amados

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19 de julio de 2011

Esto funciona tanto para los días cuando te vuelven loca tus preescolares y piensas que realmente te faltó un tornillo a la hora de decidir tener hijos…como para los días en .los que tu instinto materno desborda por los cuatro costados y no cabe en tu corazón el amor que sientes por ellos. Pero lo recomiendo sobre todo en el primer caso, para seguir adelante y valorar los hijos que tienes entre manos.

Cuando lo hayas acostado, pon el nombre de tu preescolar, la edad que tiene, y la fecha en una hoja de papel, un cuaderno o un documento en el ordenador, y empieza a escribir. Escribe todo lo que echarás de menos de él de esta precisa etapa de su vida, a sus dos años, tres y medio, cuatro años o la edad que tenga. Por ejemplo:

– formas que tiene de expresar cariño
– frases que dice
– canciones que canta
– maneras que tiene de “ayudarte”
– actividades que comparte contigo
– hábitos muy suyos
– cómo huele
– maneras que tiene de pedir cosas
– apodos que utilizas sólo para ese hijo
– la descripción de su cara o cuerpo en este momento
– cosas que no le gustan
– muñecos (o coches) que quiere con pasión
– los sueños que te cuenta.

Si no acabas sacando el pañuelo, por lo menos acabarás el día con más ternura…y conservarás un recuerdo instantáneo de este momento irrepetible de su vida. Unos años más adelante, cuando saques estas descripciones y las vuelvas a leer, te sorprenderás de todo lo que se te ha olvidado…y que no logra captar una cámara. Además, seguramente les resulten muy interesantes a tus hijos cuando sean más mayores.

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08 de julio de 2011

Continuación de Lo que tendría que saber un preescolar. Traducimos y resumimos este artículo original.

Pero incluso más importante es lo que deben saber los padres de un preescolar de cuatro años:

1. Que cada niño aprende a andar, hablar, leer y resolver álgebra a su propio ritmo y que no incumbirá de manera alguna en lo bien que ande, hable, lea o resuelva álgebra.

2. Que el único y mayor pronóstico de logro académico y buenas notas es leerles a tus hijos. No lo son las fichas, ni los cuadernos, ni los colegios preescolares de última generación, ni los juguetes con lucecitas ni los ordenadores, sino Papá y Mamá tomando el tiempo cada mañana o cada noche (¡o ambos!) para sentarse con ellos y leerles libros maravillosos.

3. Que ser el niño más inteligente o hábil en clase nunca ha tenido nada que ver con ser el más feliz. Estamos tan ocupados en querer darles “ventajas” a nuestros hijos que les damos vidas tan estresantes como las nuestras. Una de las ventajas más grandes que les podemos dar a nuestros hijos es una infancia sencilla y libre de preocupaciones.

4. Que nuestros hijos se merecen estar rodeados de libros, naturaleza y materiales de bellas artes, y la libertad de explorar. Podríamos deshacernos del 90% de los juguetes de nuestros hijos y no los echarían en falta, menos éstos que sí son importantes: juguetes de construcción como Legos o bloques; juguetes creativos, como todo tipo de material de bellas artes (de calidad); instrumentos de música (los auténticos y los multiculturales); ropa para disfrazarse; y libros, libros y libros. Necesitan además la libertad de explorar: jugar con tazones de legumbres en la trona (supervisados, claro); amasar pan (por desastre que resulte); usar pintura y plastilina y purpurina en la mesa de la cocina mientras hacemos la cena, aunque se caiga por doquier; tener un sitio en el jardín donde no pasa nada si cavan en la hierba y hacen un gran hoyo de barro.

5. Que nuestros hijos necesitan más de nosotros. Nos hemos acostumbrado tanto a decir que nos tenemos que cuidar que algunos lo hemos usado como excusa para dejar que el resto del mundo cuide de nuestros hijos. Sí, todos necesitamos un baño sin interrupciones, tiempo con amigos, descansos mentales y una vida ocasional que no tenga que ver con nuestro papel de padres. Pero vivimos en una época en la que las revistas de crianza recomiendan intentar pasar 10 minutos al día con cada hijo y organizar un sábado al mes como día familiar. ¡Eso no está bien! Nuestros hijos no necesitan Nintendos, ordenadores, actividades extraescolares, clases de ballet, grupos de juego y entrenamientos de fútbol tanto como nos necesitan a NOSOTROS.

Necesitan padres que se sientan y escuchan cómo les ha ido el día, madres que se sientan con ellos para hacer manualidades con ellos, padres y madres que se toman el tiempo de leerles cuentos y hacer el tonto con ellos. Necesitan que vayamos de paseo con ellos y que no nos importe el paso a un kilómetro por hora de un niño pequeño en una noche de primavera. Se merecen ayudarnos a hacer la cena aunque tarde el doble y cueste el doble de trabajo. Merecen saber que son una prioridad para nosotros y que nos encanta estar con ellos.

Y volviendo a la lista de las habilidades de un niño de cuatro años…

Sé que es parte de nuestra naturaleza humana el querer saber cómo se comparan nuestros hijos a otros y estar seguros de que estamos haciendo todo lo que podemos por ellos. Existen listas de lo que se les enseña típicamente a los niños y qué deben saber al finalizar cada año escolar, empezando con preescolar.

Como practicamos “homeschooling”, ocasionalmente imprimo esas listas para asegurarme de que no haya una laguna enorme en la educación de mis hijos. Hasta ahora no la ha habido, pero a veces al consultar estas listas se me ocurren ideas en cuanto a qué estudiar o jugar o qué libros sacar de la biblioteca. Eduques a tus hijos en casa o no, estas listas pueden ser útiles para ver el aprendizaje infantil típico de cada año y pueden tranquilizarte de que les va bien.

Si hay áreas en las que parece que a tu hijo le falta algo, no es una indicación de fracaso ni tuyo ni de tu hijo. Sencillamente no lo has cubierto todavía. Los niños aprenderán cualquier cosa a la que les expongamos, y es una tontería pensar que tienen que saber quince cosas particulares a esta edad particular. Aún así, si quieres que aprendan cierta asignatura, intégrala en la vida diaria, juega con ella, y la captarán de manera natural. Cuenta hasta 60 cuando estés mezclando una tarta y aprenderán sus números. Saca libros divertidos de la biblioteca sobre el espacio o el alfabeto. Experimenta con todo, ya sea la nieve en invierno o una rama de apio sumergida en colorante. El aprendizaje ocurrirá de manera natural, será mucho más divertido, y sentirás mucha menos presión.

¿Qué es lo que necesita un niño de cuatro años?

Mucho menos de lo que pensamos…y mucho más.

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20 de mayo de 2011

En la canción de la película Disney La Bella y la Bestia, “Ser humano otra vez”, los muebles y utensilios animados del castillo encantado de la Bestia sueñan con volver a su estado original de seres humanos.

A veces como madre me encuentro tarareando esta canción, y no sólo porque sea pegadiza:realmente sueño con volver a ser humana.

Antes de que pongáis el grito en el cielo, sabed que no intercambiaría mi estado de madre por nada. De hecho, sé que ser madre, a mí en particular, me ha hecho más humana, más viva que nunca.

Pero a veces se puede ser demasiado madre, no para con los hijos propios, sino para con los demás, hacia el mundo en general, y sobre todo en la etapa preescolar. Como cualquier papel en la vida, puede encorsetar.

Existe un cosmos, la galaxia de las madres, como he comentado en el pasado. Vivo inmersa por necesidad en esta galaxia y estoy más que agradecida por mis compañeras de reparto. Pero a veces me es menester retirarme de ese cosmos sectario. Porque – ¿podemos negarlo? – realmente es sectario.

Lo notas en seguida cuando estás en un grupo mixto y se juntan tres madres a hablar de sus embarazos o partos: las madres regodeándose en cada detalle con todo orgullo (al fin y al cabo, se suele entrar en este club a través de un rito de iniciación duro) y los demás preguntando “¿episio…qué?” o directamente vomitando en el cubo de basura más cercano.

Hablar de partos es interesante y últimamente lo hago más que nunca (¿por qué será?). Pero también hay ocasiones en las que…necesito olvidarme de que he parido.

Ocasiones en las que quiero desayunar con amigas que tienen tiempo para depilarse las cejas. Quedarme hasta las tantas cotilleando con otros tres que todavía no saben lo que es cambiar un pañal. Y otro. Y otro. Hablar por teléfono con otra amiga sin prole que tiene la suerte de recorrer el mundo como Willy Fogg sin barajar horarios de guarderías, turnos de suegras y madres, o instrucciones kilométricas para el marido que se queda en casa. Volver a entrar en la complicada existencia de una amiga soltera que, por mucho que se le complique la vida – ¡puede dormir toda la noche del tirón!

Gracias, terrestres, por aportar ¡aire! a mi vida. Gracias, amigos, por hacerme
“bailar otra vez, girar otra vez
Mover fácilmente los pies
Ser humano otra vez, solo humano otra vez,
Con aquel viejo vals, un, dos, tres”…

La Bella y la Bestia – Humano otra vez [España] [HD]

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19 de abril de 2011

Muy interesante un post de Mamá (contra) contracorriente, Niños abandonados en los parques. Me identifico como una de las pocas madres que suelen entrar al redil del parque infantil con sus ovejitas, no sólo para jugar con ellos sino también para protegerlos de los niños Shin-Chan-Bart-Simpson que buscan llamar la atención mientras sus padres están de cháchara en el más allá.

Pero por otro lado, tengo que forzarme a verme desde fuera con el ojo crítico de “no soy Supernanny ni supermamá”. Hace dos días llevé a mis preescolares al parque y me senté en un banco. Fuera. Atenta, pero fuera del redil. ¿Por qué? 1. Son dos, se ayudan el uno al otro, y ya son más mayorcitos. Puedo estar pendiente de ellos sin tener que estar a un palmo. 2. Losengendros Shin-Simpson estaban bajo control o ausentes. 3. Mis angelitos llevaban todo el día en casa y me había relacionado muchísimo con ellos. Demasiado. De hecho, de aureola les quedaba poco, y a mí menos. Necesitábamos un descanso mutuo.

Ahora pienso: desde fuera, alguien podría interpretar su comportamiento tarzánico como que buscaban atención, y que yo pasaba de ellos…cuando en realidad era un momento de desahogotanto para ellos como para mí. Y muchas veces, eso es lo que provee un parque para los que vivimos en pisos sin jardín ni terraza o patio grande que sirva de espacio exterior.

Así que para mí, la cuestión del parque es flexible y depende de la situación. Si Pin está en el colegio y estoy con Pon, suelo estar dentro del recinto por lo menos la mitad del tiempo. Si estoy con los dos, dependiendo del día que hemos llevado, estaré o no estaré.

Cuando estoy menos cómoda es cuando he quedado con otras madres. Las fotos que puedas encontrar en Internet de madres hablando en un parque reflejan una compenetración impresionante, pero en realidad roza lo acrobático estar pendiente de tu amiga y la conversación, y seguir pendiente de tus hijos. Lo que suelo hacer es quedarme justo en el bordillo del parque, hablando pero mirando hacia los niños en la medida de lo posible. O acabar un poco bizca, con un ojo dirigido hacia la amiga que habla y el otro hacia el parque. Mis preescolares van y vienen entre nosotras y sus columpios, y “de vez en cuando” (¿cada cinco minutos?) interrumpo la conversación para atenderles. Una vez más, se puede juzgar desde fuera, pero quizá no se observe la complicación que supone. Lo bizca que me estoy volviendo. Quiero estar con mis hijos pero también necesito amigas.

Para mí la solución reside en no hacer que el parque sea un ritual de cada tarde por ende. Lo que me pregunto cada semana es, ¿cuánto tiempo real estoy pasando con mis niños a solas? ¿Cuánto estoy invirtiendo en ellos? Y me lo planteo más con Pin, que va al cole, que con Pon, que todavía está en casa. Si Pin está en clase toda la mañana, luego come con nosotros, apenas juega y se acuesta para la siesta, no le quedan muchas horas de tarde. Entre semana ya tiene varias tardes ocupadas con sesiones de terapia, así que aparte del fin de semana, que a veces lo tenemos liado con otra gente, sólo le quedan varias tardes libres. Me tengo que asegurar de que estoy pasando suficiente tiempo con ella: que estamos hablando, que le estoy leyendo, que me involucro en alguna actividad con ella, también que pueda disfrutar de estar a su aire en casa, sin presiones. Si se pasa toda la mañana con niños, no tiene por qué estar toda la tarde con otros. Así que concluyo con el tema de Vicente: quiero ser la madre de mis propios hijos, no la madre de Vicente. Ni de Bart-Chan.

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29 de marzo de 2011

A veces soy la madre de Vicente. ¿Que quién es Vicente? Pues Vicente es…Vicente, el que va detrás de la gente. Vicente es el del dicho: “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”.

Me acuerdo de visitar Salzburgo con unos amigos, españoles por supuesto. Teníamos delante cuatro calles paralelas.

—¿Por cuál tiramos? —les preguntamos.
—¿Dónde va Vicente? —nos preguntaron a su vez, y sin dudarlo, señalaron la única calle que estaba atiborrada de gente.

Por esa calle tiro yo cuando hago de la madre de Vicente. Vago hacia la calle atiborrada de madres, arrastrada por todo lo que proponen los demás.Siempre se trata de ir a algún lado o de hacer algo más: Lee estos tres libros sobre hijos (da igual los que te hayas leído ya). Vente al parque esta tarde, y este fin de semana, de excursión. Únete a este grupo. Invítame a casa, que hace que no voy… Vente a mi casa, que hace que no vienes… Participa en aquel evento. Lleva a tus hijos a esta gran actividad, ¡es gratis! Y bajad a la calle otra vez, que os estamos esperando y os hemos llamado tres veces al telefonillo.

Voy detrás de Vicente y voy detrás de la gente. Y al principio soy feliz. Cuántas cosas estamos haciendo, cuánta gente estamos conociendo, qué bien nos lo estamos pasando. Hasta me siento como una supermadre, rodeada de otras tantas, aunque no les esté prestando ni un ápice de atención a mis hijos, que saltan como monos desquiciados de feria en feria.

Vamos hacemos, más y más. El ser y el estar se quedan atrás en una casa silenciosa, acumulando polvo junto con los cuentos de los niños, que ya no tenemos tiempo de leer porque llegamos demasiado tarde a casa, cada día más cansados y malhumorados. Los platos se apilan en el fregadero, la nevera se empieza a vaciar, las cestas de ropa sucia se desbordan. Pero aunque estas cosas me empiecen a molestar, no me reclaman tanto como el ser y el estar. Son ellos los que me susurran cuando noto que hablamos menos en familia, que ya no se respira serenidad en este hogar: —¿De quién eres madre? La última vez que miramos en el libro de familia, el nombre de Vicente no constaba.

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16 de marzo de 2011

¿Cómo conciliar el sueño de tu vida con tu papel como madre? ¿Y si el sueño, aparte de ser madre, es…escribir?

El verano pasado leí Writing Motherhood (Escribiendo la maternidad: el proceso de acceder a tu creatividad como madre y escritora) de Lisa Garrigues. Relata su experiencia en lanzarse a escribir su vida en cuadernos, simplemente porque sí, para así conciliar su sueño de escribir con su papel como madre. Así empezó el ritual de escribir quince minutos al día en lo que denominaba su “cuaderno de madre”, no sólo para crear una tesorería de recuerdos, dice, sino también para mantener la cordura. Más adelante, daría clases a madres sobre cómo usar la escritura como herramienta para registrar su vida y entender sus experiencias.

Lo que me llamó la atención del libro es que va más allá de escribir el diario del bebé, que por imprescindible que sea, no deja de ser la vida de tu bebé y no tanto la tuya. Garrigues invita a las mujeres a explorar todas las facetas de su maternidad, incluido su pasado y su propia relación con sus padres.

En su libro Garrigues ofrece un abecedario repleto de consejos a madres que siempre han querido escribir; aquí tenéis seis de los primeros:

1. Deja que los instantes de la maternidad te despierten. Tanto los extremos como las rutinas – los altos, los bajos, los altibajos – contienen gran riqueza que redactar. No te preocupes en escribirlo todo y ni siquiera en apuntarlo todo bien. Simplemente intenta expresar algún principio sobre lo que significa criar tus hijos cualquier día del año, en cualquier momento.

2. Sé una madre que escribe. Las madres no nos levantamos a diario para preguntarnos si debemos darles el desayuno a nuestros hijos. Los escritores tampoco esperan inspiración o el deseo de empezar a redactar. Cuando es hora de escribir, escribe. Cuanto más lo hagas, más fácil será. Idealmente, esto es algo que haces todos los días para ti.

3. Elige tus herramientas. Sólo necesitas un cuaderno y un bolígrafo. Más adelante puede que elijas copiar páginas selectas a un ordenador, pero el cuaderno es más portátil y más personal. Llévate el cuaderno y el bolígrafo a todas partes. Nunca sabes cuándo dispondrás de quince minutos para escribir.

4. Empieza con menos para ir acostumbrándote. La regularidad con la que escribes es mucho más importante que la cantidad o el tiempo que escribes. Empieza con algo corto – dos páginas (unos quince minutos) al día. En tan sólo dos páginas de cuaderno, puedes capturar fácilmente un instante de tu maternidad.

5. Olvídate de las reglas. Las reglas nos limitan a pensar en lo que redactamos como correcto o incorrecto, bueno o malo. Cuando escribas, olvídate de puntuación, gramática, ortografía, precisión, lógica. La limpieza la puedes hacer más adelante. Por ahora, dedícate tan sólo a escribir.

6. Genera una lista de consignas para redactar. Las consignas te ayudan a empezar a escribir. Pueden ser muy variadas: un directivo (“escribe sobre la hora de irse a la cama”), una frase (“el día que naciste”), una palabra (“herencia”). Empieza una lista de consignas en la parte posterior de tu cuaderno. Así, cada vez que te sientes a escribir, sólo tienes que escoger una consigna y empezar.

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13 de marzo de 2011

Son los fines de semana como éstos cuando me hago una taza de té y me siento al lado de Superviviente para charlar. Y quizás lo haga hasta varias veces por día, dependiendo de la gravedad del asunto. Ya lo sé, Superviviente es una planta, pero es una planta adulta, y necesito adultos en mi vida en ocasiones como éstas.

Son los fines de semana cuando To tiene que viajar por trabajo, sobre todo en temporadas cuando son varios fines de semana seguidos, con semanas muy intensas de trabajo de por medio cuando tampoco nos vemos mucho.

Cuando está fuera, pienso que me apaño bien. Ya a estas alturas me había vuelto a inflar el delirio de “en realidad soy Supernanny” e iba a escribir una entrada sobre cómo manejar tu casa y tus preescolares cuando estás sola. Idioteces como cocinar platos sencillos que te duren los tres días, programar una salida por día, tener a mano actividades especiales para hacer con los niños en casa…

Pero éste no es sólo un fin de semana de esos triunfantes imaginarios, es un fin de semana cuando se ponen malos. Y, seamos sinceros, se ponen malos el 90% de las veces que viaja To. O se abren una brecha en la cabeza. O te despiertan cinco veces por noche.

Pero lo peor de lo peor es cuando se ponen malos, y no puedes salir y te estás volviendo francamente majareta: ya has utilizado todas esas ideas fantásticas Supernanny en el espacio de la primera hora, el potaje sencillo te lo estás comiendo tú sola porque ellos se niegan y acabas sacando una pizza y regodeándote en la grasa, y no te apetece contestar una sola pregunta más sobre Rayo McQueenel origen del universo, si Papá va a traer chucherías, o por qué Maléfica tiene dos cuernos en la cabeza. Para colmo, tu madre no vive a la vuelta de la esquina, ni tampoco tu suegra, ni tus hermanos, ni tus cuñados, y todos tus amigos están ocupados en sendas actividades de fin de semana.

Cuando me siento a charlar con Superviviente, el sol está brillando, invitándome a salir de estas cuatro paredes, invitándome a escaparme de mi barrio de ladrillo y cemento, invitándome a descubrir la primavera…pero no hay quien salga de casa porque Pin acaba de vomitar y le duele todo: el oído, la garganta, la tripa, la cabeza. Aún así, consigue seguir jugando y hacerme preguntas…hasta el infinito y más allá.

Claro que me siento mal por ella, pero también soy egoísta y pienso en mí misma. Y en el concepto de fin de semana y lo que significa para gente occidental y egoísta como yo, lo que significaba para mí en días pre-mother.

Es cuando me hace mucho bien enfocarme en Superviviente y en su vida confinada.

–Superviviente, ¿cómo lo haces? Siempre aquí sin moverte. Si apenas puedes ver por la cortina. Eres una planta y perteneces a la naturaleza. ¿De dónde vienes? ¿No te gustaría estar meciéndote en el viento? ¿No te gustaría sentir cómo tus raíces se extienden más allá de los confines de una maceta de plástico? ¿No te gustaría estirarte hacia el sol?

Me hace bien hablar con ella y tomarme mi té. Nunca me reprocha el hecho de estar metida en mi casa en una maceta cutre. Nunca me reprocha que a veces se me olvide regarla. Nunca me reprocha el estado de la casa o mi estado de ánimo. Es mi símbolo de supervivencia en tiempos adversos. Está claro, este fin de semana, como ella, soy mártir.

Sobre todo cuando llega mi hijo de tres años, me acaricia y me dice: –Qué suave eres, Mamá. Me gustas mucho. Me gustan tus gafas azules y me gustan tus labios rojos… ¿Qué haces hablando con la planta?

Lo siento, Superviviente, pero, en efecto, ¿qué rayos hago hablando con una planta? Para terapia,¡comerme a este niño a besos!

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