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12 de septiembre de 2011

Este verano leía la noticia de un restaurante en EEUU que prohibía la entrada a niños menores de seis años porque sus clientes estaban hartos de familias con niños maleducados y ruidosos. ¿Es discriminatorio o es inteligente?, preguntaba el artículo. Continúan después del artículo nada menos que veinte mil comentarios al respecto.

Unas semanas después salió una noticia de seguimiento, que el “movimiento” anti-niños en restaurantes se estaba propagando, y no sólo en restaurantes sino también en hoteles, cines y hasta supermercados. Preguntaba la autora: “…la gente ya no simpatiza tanto con los niños como antes. A medida que empresas responden a esta nueva generación de clientela de ‘primera clase’, ¿están en peligro de convertirse en ciudadanos de segunda los padres?”

No es ningún misterio: yo ya me siento como ciudadana de segunda, y más con dos preescolares y la tercera hecha un bombo enorme. Aunque España es mucho más tolerante en cuanto a la bulla en general, soy ciudadana de segunda por tener “demasiados” hijos o por no conseguir mantener una imagen más cuidada en muchas ocasiones (tanto la mía como la de mis hijos). Pero mientras se quede en miradas o incluso comentarios, no pasa nada…si se pasara al tema de restaurantes y otros lugares públicos, me pongo de rodillas para suplicar clemencia.

No es que tenga mucha oportunidad de gastar en estos temas, pero una visita mensual al MacDonalds es suficiente como para hacer circular una petición de misericordia y que me admitan a restaurantes normales. Gente privilegiada, ¿sabéis a cuántos decibelios se llegan en un parque infantil de estos establecimientos? ¿Sabéis el efecto que tendríais en nuestra salud si nos relegarais a restaurantes sólo aptos para preescolares? ¿Entendéis algo del “efecto manada”…que si nos limitáis a las familias normales, y siempre tenemos que comer donde sólo hay otros niños, en horarios infantiles, acaban imitando a los peores…en vez de estar expuestos a gente y edades de todo tipo, de comportamiento educado, digno a imitar? Y más que nada, ¿os dais cuenta de que si algunos de nosotros tenemos más de dos hijos, si sumamos cuántos años estaríamos desterrados a esta posición inferior, algunos llegamos a ONCE años de nuestra vida criando hijos por debajo de los seis años?

Bromas aparte, a España no creo que llegue “el movimiento” pero sí que quiero proponer que esta noticia nos haga meditar. Ya sé que hay gente de cierto tipo por el mundo, superexigente, que no tolera que los niños sean niños o que tengamos un mal día con nuestros críos. Pero también entiendo la reacción de una persona promedio que come en un restaurante y, sin esperar que nuestros hijos sean angelitos, tampoco desea salir del establecimiento medio sordo y con un guisante incrustado en el ojo por la mala educación de nuestros mocosos. Y es que en general, cada vez más, se educa a los niños como si fueran pequeños déspotas que pueden hacer lo que les dé la gana en cada momento. Para no causarles traumas. Para que desarrollen su individualidad. O lo que sea. Y acaban por el mundo causando traumas a los demás e incluso a sus propios padres.

Creo que esta noticia puede ser un toque de atención para que también enseñemos principios de amor, respeto y convivencia a nuestros hijos, y que, efectivamente, en algunos sitios no se puede dar rienda suelta a toda su efusividad o ruido, mientras que en otros sí. Todos pensamos que nuestros hijos son inteligentes; si no tienen una discapacidad en este sentido, os aseguro quepueden aprender la diferencia de cómo comportarse en cada lugar. Si acabamos como ciudadanos de segunda clase, admitidos o rechazados según la edad de nuestros hijos – por injusto que parezca –, puede que nosotros mismos como padres nos lo hayamos buscado.

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19 de abril de 2011

Muy interesante un post de Mamá (contra) contracorriente, Niños abandonados en los parques. Me identifico como una de las pocas madres que suelen entrar al redil del parque infantil con sus ovejitas, no sólo para jugar con ellos sino también para protegerlos de los niños Shin-Chan-Bart-Simpson que buscan llamar la atención mientras sus padres están de cháchara en el más allá.

Pero por otro lado, tengo que forzarme a verme desde fuera con el ojo crítico de “no soy Supernanny ni supermamá”. Hace dos días llevé a mis preescolares al parque y me senté en un banco. Fuera. Atenta, pero fuera del redil. ¿Por qué? 1. Son dos, se ayudan el uno al otro, y ya son más mayorcitos. Puedo estar pendiente de ellos sin tener que estar a un palmo. 2. Losengendros Shin-Simpson estaban bajo control o ausentes. 3. Mis angelitos llevaban todo el día en casa y me había relacionado muchísimo con ellos. Demasiado. De hecho, de aureola les quedaba poco, y a mí menos. Necesitábamos un descanso mutuo.

Ahora pienso: desde fuera, alguien podría interpretar su comportamiento tarzánico como que buscaban atención, y que yo pasaba de ellos…cuando en realidad era un momento de desahogotanto para ellos como para mí. Y muchas veces, eso es lo que provee un parque para los que vivimos en pisos sin jardín ni terraza o patio grande que sirva de espacio exterior.

Así que para mí, la cuestión del parque es flexible y depende de la situación. Si Pin está en el colegio y estoy con Pon, suelo estar dentro del recinto por lo menos la mitad del tiempo. Si estoy con los dos, dependiendo del día que hemos llevado, estaré o no estaré.

Cuando estoy menos cómoda es cuando he quedado con otras madres. Las fotos que puedas encontrar en Internet de madres hablando en un parque reflejan una compenetración impresionante, pero en realidad roza lo acrobático estar pendiente de tu amiga y la conversación, y seguir pendiente de tus hijos. Lo que suelo hacer es quedarme justo en el bordillo del parque, hablando pero mirando hacia los niños en la medida de lo posible. O acabar un poco bizca, con un ojo dirigido hacia la amiga que habla y el otro hacia el parque. Mis preescolares van y vienen entre nosotras y sus columpios, y “de vez en cuando” (¿cada cinco minutos?) interrumpo la conversación para atenderles. Una vez más, se puede juzgar desde fuera, pero quizá no se observe la complicación que supone. Lo bizca que me estoy volviendo. Quiero estar con mis hijos pero también necesito amigas.

Para mí la solución reside en no hacer que el parque sea un ritual de cada tarde por ende. Lo que me pregunto cada semana es, ¿cuánto tiempo real estoy pasando con mis niños a solas? ¿Cuánto estoy invirtiendo en ellos? Y me lo planteo más con Pin, que va al cole, que con Pon, que todavía está en casa. Si Pin está en clase toda la mañana, luego come con nosotros, apenas juega y se acuesta para la siesta, no le quedan muchas horas de tarde. Entre semana ya tiene varias tardes ocupadas con sesiones de terapia, así que aparte del fin de semana, que a veces lo tenemos liado con otra gente, sólo le quedan varias tardes libres. Me tengo que asegurar de que estoy pasando suficiente tiempo con ella: que estamos hablando, que le estoy leyendo, que me involucro en alguna actividad con ella, también que pueda disfrutar de estar a su aire en casa, sin presiones. Si se pasa toda la mañana con niños, no tiene por qué estar toda la tarde con otros. Así que concluyo con el tema de Vicente: quiero ser la madre de mis propios hijos, no la madre de Vicente. Ni de Bart-Chan.

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