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23 de febrero de 2013

Contra todo pronóstico, nos ha salido un hijo jardinero.

Casi todos los días sin falta, trae sendas semillas que encuentra en el patio de su escuela infantil. Las acaricia. Me las enseña. Me las describe aunque esté delante viéndolas con mis propios ojos. Me habla de lo que piensa que va a ser de cada semilla. (Grande su imaginación: piensa que si el sésamo del pan de hamburguesa no tuviera que pasar por un horno antes de llegar a la mesa, lo podría plantar y crecería un árbol de hamburguesas.)

Continúa su ritual. Sale a la terraza del salón y mete las semillas de una en una, contándolas, en un bote vacío de Bonne Maman. Otras las reserva para plantar directamente en los maceteros donde están los residuos de mis experimentos y fracasos de antaño. Entra en casa y llena su botella de agua en el baño. Vuelve a la terraza con su botella y riega su plantío. Vuelve a casa y me da un reportaje detallado: qué plantas están muertas, cuáles tienen pinta de convertirse en árboles, y de qué rincones veremos asomar flores rojas en primavera.

Aunque Pon sueñe con una imposible terraza repleta de sandías, rosas, y una selva entera de árboles de hamburguesa, yo admiro sus intentos en este páramo que es nuestro piso. Padres menos flori-jardi-planti-cultores no le podrían haber tocado: un padre que se ríe de mis inútiles esfuerzos jardineros y que me sugiere plantas de plástico, y la servidora que ha tocado fondo cuando se ha muerto la única planta inmortal que he conocido en mi vida, Superviviente.

Es así; desde que no escribo, tenemos un miembro menos en la familia, y sé que es mea culpa.

Superviviente, estas líneas te las dedico porque la esperanza reside en la próxima generación. Pon tiene un gen verde y no defraudará vuestra especie. Pero ahora, ¿a quién le contaré mis penas y mis alegrías?

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01 de marzo de 2012

Todas tenemos que tener una amiga perfecta. Si no fuera nuestra amiga, nos daría asco, pero como es nuestra amiga, la semiadoramos. En su perfección no es que haga una cosa bien, ni dos cosas bien, sino que lo hace todo – todo – bien.

Yo tengo una de éstas (en realidad tengo varias…me gusta rodearme de la excelencia). La amiga en cuestión es maravillosa y hace cosas maravillosas, entre ellas, cocinar de maravilla (llamémosla la Mujer Maravilla).

Yo a la Mujer Maravilla no la envidio, como os he dicho antes, porque es mi amiga, pero hay algo de ella, algo que cocina, que sí que me vuelve verde de envidia y que me tiene enferma: sus muñecos de jengibre.

Una Navidad la Mujer Maravilla nos regaló una caja toda chula llena de muñecos de jengibre caseros: firmes, sonrientes, de ambos sexos, con sus camisas y sus pajaritas bien puestas, sus vestiditos rosas y sus rizos rubios. No los olvidaremos en la vida. O al menos, no los puedo olvidar en la vida porque mis hijos Pin y Pon no los olvidan en la vida.

A los dos días de comérnoslos todos, Pin y Pon vinieron a consultarme asuntos de vital importancia:

—Mamá, ¿tú sabes hacer muñecos de jengibre?

—Claro—mentí. (No mentí adrede; en mi mente, yo sabía hacerlos porque sabía que tenía un molde de muñeco de jengibre en la balda más alta de la terraza de la cocina, ahí, donde guardo todo lo que uso a diario.)

—¡Bien, bien! ¿Podemos hacer uno, por favoooorrr?

—Pues claro—dije con toda mi magnanimidad navideña y porque soy una madre que lo vale aunque no sea perfecta como la Mujer Maravilla.

Aquel funesto día hace dos años fue nuestro primer intento. Vino una amiga a ayudarme porque vio que necesitaba apoyo. La receta que teníamos para la masa no era la adecuada, o yo no tenía los ingredientes adecuados, y los muñecos nos salieron amorfos. Intentamos decorarlos pero el glaseado nos salió azul pitufo y quedaron ridículos. Hicimos tanta masa que nos aburrimos de hacer muñecos y ya no sabíamos qué hacer con ella y acabamos dejándola caer en boñigas enormes sobre las bandejas del horno. (Semanas más tarde, Pin llevó una de estas boñigas al colegio para el desayuno y la maestra le preguntó, “¿Eso qué es, una tortilla?” “No —respondió mi hija, siempre protegiendo el honor de la estirpe—, esto es una cabeza de jengibre gigante…sin ojos…”.)

Nuestros muñecos de jengibre. Alta cocina. Por Nosoysuperchef.

La Mujer Maravilla será la Mujer Maravilla, pero yo soy la Mujer Cabezota, así que este año me puse manos a la obra con una nueva receta, la del santo recetario por el que jura mi suegra. Como ese libro a ella no le ha fallado, a mí tampoco me iba a fallar.

La masa inicial tenía buena pinta, confieso. Pero por muy bomba que se lo pasaran mis hijos en la cocina, tuvimos algún que otro desliz al confeccionar nuestros muñecos de jengibre.

Cuando terminamos de decorarlos, To pasó a hacer revisión.

—¿Esos qué son, de alguna escena de The Walking Dead?

Mi marido siempre me apoya al cien por cien.

Pero no pienso rendirme jamás. Como veis, me afecta tanto, que me estoy preparando para la Navidad que viene con nueve meses de antelación. Y he encontrado la solución en Internet.

Muñecos de jengibre Ninja. La Mujer Maravilla será perfecta, pero la Mujer Cabezota es un crack.

Lo siento, seremos muy amigas pero a estas alturas no lo puedo remediar: mis JengiNinjas les van a partir las piernas a sus JengiPanolis.

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25 de agosto de 2011

1 boda de un querido amigo
2 libros leídos
3 puntos en la barbilla de Pon por una caída en la piscina
4 días en las magníficas playas de Huelva
5 alfombrillas de coche llenas de arena y bicarbonato (el bicarbonato sirve para quitar los malos olores, mejor no preguntar)
6 helados comidos…o tal vez más…
7 personas locas que nos subimos a un hidropedal del que casi no salgo
8 días con familia que hacía tiempo que no veíamos
9 meses de embarazo casi cumplidos
10 minutos en una cola para que nos robaran la cartera

Pero sobre todo, infinidad de recuerdos, sonrisas, abrazos, conversaciones, silencios, reencuentros que forman parte de quién soy hoy, mientras la familia crece, y todos ahondamos en conocernos, cuidarnos, retarnos, escucharnos y querernos un poco más, sin necesidad de perfección o circunstancias ideales. Le doy las gracias a Dios por esta época de mi vida.

 

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27 de julio de 2011

Era de noche. Había acostado a Pin, de cinco años, hace unos diez minutos, cuando volvió a salir al salón. Ya sabéis que en las noches de calóh es un ritual que se levanten un par de (cientos de) veces, así que el hecho en sí no me sorprendió. Pero sí lo que me dijo. Se plantó delante mía muy seria y dijo:

—Mamá, he decidido que voy a ser como Wendy, que ya no voy a dormir con Hipo.

—¿Wendy de Peter Pan?

—Sí, quiero irme a dormir como ella, sin Hipo, sin muñecos.

Tengo que reconocer que no estaba preparada. ¡Hipo! En el pasado os he contado cómo es su muñeco inseparable desde que es bebé. Hemos celebrado su cumpleaños y también su resurrección en alguna ocasión.

Sinceramente, el corazón me dio un vuelco. ¿Por el muñeco? Una pizca, lo reconozco, por ridículo que suene. ¿Por mi niña? Sin duda. ¿Poner fin a la Era de Hipo? ¿Crecer? ¡No! Por un momento pensé que me pondría un disfraz verde y la llevaría volando por la ventana cual Peter Pan a la tierra de Nunca Jamás. ¿Con qué me he estado autoengañando todos estos años preescolares, pensando que quería que se emancipara lo antes posible?

—Vale —le dije con la voz chica—. Tengo una idea. A lo mejor quieres que duerma en su propia cama al lado de la tuya.

(Justo en este instante, para mis adentros, dos madres con caras muy diferentes empezaron a debatir. Una tenía cara de Supernanny: —Pero ¿se puede saber qué estás haciendo? ¡Es el momento de deshacerse del muñeco andrajoso!

La otra, con cara de no-Supernanny: —¡No puedo! ¡Pobrecito! ¡Ay, mi niña!…

Supernanny: —¡So débil!)

Mientras tanto, a Pin le gustó la idea de acostar a Hipo. Se le iluminaron los ojos: —¡Sí!

(No-Supernanny le dió un codazo a la otra: —Ves, no estaba preparada para deshacerse de Hipo.

Supernanny, con la nariz en el aire: —Lo estaría si lo estuvieras tú.)

Le hicimos a Hipo la cama en una caja, lo tapamos con una tela, y Pin se acostó feliz.

Yo me fui a mi cuarto, ignorando las miradas fulminantes de Supernanny, cogida de la mano de no-Supernanny y preguntándole cómo lo voy a hacer con tres niños en tres etapas diferentes: casi escolar, preescolar, y primera infancia cuando nazca el bebé en septiembre.

Como To estaba de viaje y “no tengo nada que hacer”, me invadió la nostalgia y me tiré una hora indisciplinada viendo fotos de los niños y lamentando lo rápido que crecen. ¡Pero si esta foto sólo es de hace unos meses…mira cómo le ha cambiado la cara! Flagelándome. ¿Habré aprovechado bien estos años con Pin? ¡Qué rápido crece! ¡Ayyyyy!

Me fui a la cama demasiado tarde y me dormí compungida. Querido Hipo: no te vayas todavía, no te vayas, por favor…

Pero todo cambió a las cinco de la mañana, cuando escuché el despertador que no me hace demasiada gracia, piececitos corriendo por la casa. Pin.

—Mamá, que no puedo dormir, que no encuentro a Hipo. ¿Dónde está Hipo?

Dichoso Hipo, refunfuñé (la nostalgia no se activa a las cinco de la mañana).

—Está en la caja al lado de tu cama, ¿te acuerdas? —gruñí—. Venga, a dormir, que todavía es pronto.

A esas horas, una empieza a desvariar. ¡La verdad es que estoy hasta el moño de Hipo! ¡Que me despierte por un trozo de tela hecho un morro deforme y ametrallado de agujeros! ¿Quién nos lo regaló? Ah sí, mi suegra. Pero no es su culpa: ¡es la culpa de To, que para colmo no está para atender a Pin a las cinco de la mañana! Fue él quien le adjudicó como compañero de cuna y creó el vínculo inseparable. Cuando vuelva de viaje, voy a esconder a Hipo adrede y que sea él quien se levante a las cuatro de la mañana a hacer de detective…

Pero antes de que pudiera reconciliar el sueño, Supernanny (que no duerme nunca) me interrumpió sacudiendo un dedo índice: —No te quejes, que te lo dije.

Y no-Supernanny simplemente emitió un ronquido.

PD
Total, para un anticlímax: a tres noches del suceso, Wendy sigue en Nunca Jamás; la caja, vacía; e Hipo, firmemente atrincherado en la cama de Pin.

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29 de junio de 2011

Noches de bohemia y de ilusión (por que se duerman)
yo no me doy a la razón
tú como te olvidaste de eso
(ya te vale, To…)
Busco y no encuentro una…solución…

Ay, mis preescolares, ¡qué petardos se vuelven a la hora de acostarse! Y nosotros, muertos de calor en el salón, ya hartos del día, ya queriendo silencio, que no nos interrumpan…¡que se duerman ya!

Ya los hemos acostado. Hemos hecho de todos con ellos: bañito, cena, cuento, canción, oraciones, besitos, abrazos, muñequitos. ¡Lo que haga falta! Nos gusta el ritual nocturno pero ya es hora de que sueñen, ya es hora de que se repongan…y nosotros también.

No hay quien nos levante del sofá. ¿O sí?

Sale Pin al salón:
—Se te ha olvidado llenarme el vaso de agua.

Al rato sale Pon, como un reloj:
—Tengo que hacer caca.

Deber cumplido, culito limpio, pañal repuesto, más besitos y a la cama.

A los cinco minutos sale Pin:
—Pon ha puesto su pie en mi cama y me está molestando.

Sale Pon:
—Me han picado los mosquitos.

Levanto mi bombo de último trimestre (ya necesito grúa) y voy a rebuscar en el botiquín.

A los diez minutos sale Pin:
—Están haciendo mucho ruido en la calle.

A sus talones sale Pon:
—Me duele la rodilla…necesito una tirita…

To se altera, de las pocas veces, pero le busca la tirita. ¡Ay, la calóh! ¡Ay, la hora! ¡Dormíos ya de una vez, angelitos! ¡Callaos ya, los del bar!

Ya he pensado en la solución. Esta noche, más vale prevenir que curar. Buscaré una cesta y la llenaré de tiritas, Mercromina, crema anti-picor, spray anti-mosquitos, una jarra de agua, pañales, ropa interior, peluches, abanicos, tapones, y sendas soluciones a necesidades infantiles. De todo un poco. Me sentaré en el sofá con los pies en alto con un libro, mi móvil, el teléfono, el portátil, una bebida fría o cualquier cosa que se me antoje. La cesta soluciones a mi vera. Aguardando. Que vengan, que vengan, que de allí no me moveré.

(Pero lo del váter, ¿cómo lo soluciono? ¿Lo cambio al salón?)

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01 de abril de 2011

Al fondo podéis ver mi fregadero habitual. Me gusta tenerlo vacío para empezar bien el día, pero últimamente no es que esto suceda muy a menudo.

Hace unos días entré en la cocina medio adormilada para ponerme manos a la obra, y me encontré con un regalo de To: ¡fresas!

Ahora sí que ha llegado la primavera. Esto es amor. Esto es vivir. Los platos sucios, en segundo plano, porque pierden su importancia.


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13 de marzo de 2011

Son los fines de semana como éstos cuando me hago una taza de té y me siento al lado de Superviviente para charlar. Y quizás lo haga hasta varias veces por día, dependiendo de la gravedad del asunto. Ya lo sé, Superviviente es una planta, pero es una planta adulta, y necesito adultos en mi vida en ocasiones como éstas.

Son los fines de semana cuando To tiene que viajar por trabajo, sobre todo en temporadas cuando son varios fines de semana seguidos, con semanas muy intensas de trabajo de por medio cuando tampoco nos vemos mucho.

Cuando está fuera, pienso que me apaño bien. Ya a estas alturas me había vuelto a inflar el delirio de “en realidad soy Supernanny” e iba a escribir una entrada sobre cómo manejar tu casa y tus preescolares cuando estás sola. Idioteces como cocinar platos sencillos que te duren los tres días, programar una salida por día, tener a mano actividades especiales para hacer con los niños en casa…

Pero éste no es sólo un fin de semana de esos triunfantes imaginarios, es un fin de semana cuando se ponen malos. Y, seamos sinceros, se ponen malos el 90% de las veces que viaja To. O se abren una brecha en la cabeza. O te despiertan cinco veces por noche.

Pero lo peor de lo peor es cuando se ponen malos, y no puedes salir y te estás volviendo francamente majareta: ya has utilizado todas esas ideas fantásticas Supernanny en el espacio de la primera hora, el potaje sencillo te lo estás comiendo tú sola porque ellos se niegan y acabas sacando una pizza y regodeándote en la grasa, y no te apetece contestar una sola pregunta más sobre Rayo McQueenel origen del universo, si Papá va a traer chucherías, o por qué Maléfica tiene dos cuernos en la cabeza. Para colmo, tu madre no vive a la vuelta de la esquina, ni tampoco tu suegra, ni tus hermanos, ni tus cuñados, y todos tus amigos están ocupados en sendas actividades de fin de semana.

Cuando me siento a charlar con Superviviente, el sol está brillando, invitándome a salir de estas cuatro paredes, invitándome a escaparme de mi barrio de ladrillo y cemento, invitándome a descubrir la primavera…pero no hay quien salga de casa porque Pin acaba de vomitar y le duele todo: el oído, la garganta, la tripa, la cabeza. Aún así, consigue seguir jugando y hacerme preguntas…hasta el infinito y más allá.

Claro que me siento mal por ella, pero también soy egoísta y pienso en mí misma. Y en el concepto de fin de semana y lo que significa para gente occidental y egoísta como yo, lo que significaba para mí en días pre-mother.

Es cuando me hace mucho bien enfocarme en Superviviente y en su vida confinada.

–Superviviente, ¿cómo lo haces? Siempre aquí sin moverte. Si apenas puedes ver por la cortina. Eres una planta y perteneces a la naturaleza. ¿De dónde vienes? ¿No te gustaría estar meciéndote en el viento? ¿No te gustaría sentir cómo tus raíces se extienden más allá de los confines de una maceta de plástico? ¿No te gustaría estirarte hacia el sol?

Me hace bien hablar con ella y tomarme mi té. Nunca me reprocha el hecho de estar metida en mi casa en una maceta cutre. Nunca me reprocha que a veces se me olvide regarla. Nunca me reprocha el estado de la casa o mi estado de ánimo. Es mi símbolo de supervivencia en tiempos adversos. Está claro, este fin de semana, como ella, soy mártir.

Sobre todo cuando llega mi hijo de tres años, me acaricia y me dice: –Qué suave eres, Mamá. Me gustas mucho. Me gustan tus gafas azules y me gustan tus labios rojos… ¿Qué haces hablando con la planta?

Lo siento, Superviviente, pero, en efecto, ¿qué rayos hago hablando con una planta? Para terapia,¡comerme a este niño a besos!

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08 de febrero de 2011

Desde hace unas semanas hay un intruso en la casa que nos hace la vida imposible.

Todo empezó con una bibliotecaria demasiado buena (que nadie le quite mérito). Cierto día soleado Pin visitó la biblioteca del barrio con su clase. Y la bibliotecaria les contó un par de cuentos. Pin me contó los dos, pero incidió en el segundo con los ojos redondos, redondos. Se trataba de un pollito muy pequeño, suave y amarillito que desgraciadamente se veía continuamente en peligro por el Gato Pelado, que cada vez que acechaba, decía, “¡Maramamiau!” Me dijo Pin que se había asustado, que no le había gustado el cuento; hablamos un rato, y no le di más importancia.

Esa noche se despertó chillando porque venía Gato Pelado. Logramos tranquilizarla pero se volvió a despertar tres veces con pesadillas.

Al susodicho lo busqué en Internet y me encontré con este gato siniestro. Más tuvo que impresionar si la que contaba el cuento tenía dotes dramáticas, que parece que así había sido.

El dichoso Gato Pelado siguió despertando a Pin durante cuatro noches sucesivas.

Pero la historia no termina allí, porque Pin también es muy buena bibliotecaria. Se le ocurrió contarle el cuento a su hermano con toda la intriga y dramatización y “maramamiaus” posibles, y Pon acabó como si hubiese visto al gato en sus propias carnes.

Ya os cuento que han pasado semanas desde aquello.

Durante la última semana y media no hemos dormido muy bien. Nos hemos tenido que levantar una media de dos veces por noche por accidentes en la cama, mocos que no dejan respirar, un vaso que hay que rellenar o cualquier tema relacionado a la salud de nuestros hijos. O no.

Noche sí, noche no, es porque nuestro amigo Gato Pelado sigue amenazando, ya sea a uno o a otro.

El otro día, ya hasta el moño de no dormir, le pillé por banda a Pin en la merienda.

–Pin, ¿sabes qué? Ya que no puedo ir yo al Caribe, le he dicho a Gato Pelado que haga las maletas y se vaya él a la playa, al Caribe. Y me ha dicho que muy bien, que tenía ganas de cambiar de aires. Así que me he despedido de él y se ha ido muy contento.
–Pero, Mamá, si me dijiste que no existía, que sólo era un cuento.
–Ya, pero como seguís hablando de él, éste es otro cuento que te cuento yo.
–¿Y ya no va a volver?
–No, dice que está en la gloria tomando el sol, que no le apetece volver en absoluto, y que además, se va a convertir en un gato bueno. Mira, lo dice en esta postal.

El caso es que empezamos a jugar a que mandábamos postales a Don Gato Pelado, y Pin le decía las cosas malas que había hecho, y él escribía de vuelta pidiendo perdón y ella le perdonaba. Tuve que acabar la sesión después de veinticinco postales porque mi imaginación ya no daba para más. Pin se quedó muy contenta, y yo más, porque pensaba que era la madre guay que había acabado con su pesadilla.

¡Ilusa! Las Supernannies no existen, tampoco las supermamis.

Hoy por la tarde. Hora de la siesta. Me encuentro a Pin en el sofá, la cabeza tapada con una manta y llorando a moco tendido. No hay manera de hacerla asomar.

–¡Tengo miedo!
–Pero ¿de qué? ¿Qué pasa?
–¡¡¡El gato!!!
–Que ya te he dicho que el Gato Pelado…
–¡Es que no es Gato Pelado…es otrooooo!

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01 de febrero de 2011

Hoy sueño con el Caribe.

Hoy, que cuando he salido a tender la ropa en la terraza, se me han quedado los dedos sin sentido.

Hoy, que para estar escribiendo aquí en mi ordenador tengo que tener una estufa encendida a un palmo de los pies para seguir con vida.

Hoy, que he hecho otro caldo de pollo para los miembros enfermos de mi familia – es decir, todos (menos Superviviente, por algo se llama así).

Hoy, que To sale a trabajar tosiendo con la bufanda atada al cuello y vuelve tosiendo y se acuesta con la bufanda atada al cuello.

Hoy, que tengo que tener una hoja de cálculo en la nevera para llevar la cuenta de las medicinas que nos estamos tomando cada uno.

Hoy, que ni uno podemos pronunciar una frase completa sin bautizar al que tenemos delante con un estornudo, sonarnos la nariz estrepitosamente o encandilar a los demás con nuestros gorjeos.

Hoy, que llevamos más de dos semanas así de moribundos.

Hoy he buscado las Bahamas en Internet y rondan entre 24 y 30 grados a pleno sol. Se me quitarían todos los males del cuerpo. No tendría que tender ropa porque sólo iría en bañador. Me olvidaría de ordenadores y estufas. En vez de caldo de pollo, me inflaría a marisco y bebidas tropicales. To se pasearía con la toalla al cuello en vez de la bufanda, y nuestro amor sería toda la medicina que necesitáramos. ¿Demasiado cursi? Espérate, que tengo una mejor: no se nos interrumpiría ninguna frase porque con darnos la mano sería suficiente. (¡Jajajaaaa!) ¿Los niños? ¡Ah, sí! Ahí a lo lejos disfrutando con su cubo y sus palas.

Hoy he buscado las Bahamas en Internet y he visto que para salir mañana, tendríamos que pagar 1.200€ por adulto.

Pero eso no me preocupa, porque ya se ha encargado Don José Mota-Rubalcaba en dejarlo todo claro: “Dinero lo que se dice dinero, tié que haber. En las rendijas que dejan los cojines en los sofás”.

Así que ya que se anima al ciudadano a la hurgatoria, voy a intentar hurgar en algo que no sea mi nariz, a ver si hay suerte para el Caribe.
Especial Nochevieja de José Mota 2010 – Algo \’tié\’ que haber


 

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