Archivos con la etiqueta: de noche

29 de abril de 2013

Nina Levy es una madre entre otras que cada noche les prepara la merienda del día siguiente a sus hijos de cinco y nueve años. Con una pequeña diferencia, ya que es artista. Después se queda una hora o dos adicionales dibujando en la servilleta que también incluye con el menú.

Durante más de cinco años y medio, sus hijos han abierto sus meriendas en el colegio y se han encontrado con un mensaje de su madre combinado con perros superhéroes, Angry Birds, el Caballero Oscuro con un osito de peluche, zombis amistosos o Yoda, según la inspiración del momento. En un artículo que apareció en el New York Times, Levy calcula que a estas alturas son más de unas 2.000 servilletas.

Podéis ver las servilletas de Levy, escultora en Nueva York, en su blog.

Ahora confesadlo, ¿a que más de uno habéis dibujado en la servilleta de la merienda?

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04 de febrero de 2012

Sin duda, uno de los mayores talentos de madres con niños pequeños, preescolares o no, consiste en conseguir horas de sueño en circunstancias adversas. Sí, correcto, léase “horas de sueño” y no noches, la utopía.

Los obstáculos para que consiga horas de dicha sin par son múltiples. Está el niño que se mea en la cama. O que mea en el baño pero primero tiene que decírtelo. O que se quita toda la ropa menos los calzoncillos y viene congelado de madrugada para entrar en calor en tu cama.

Está la niña que tiene pesadillas. Que también te avisa cuando utiliza el baño (o que no te avisa, pero la oyes igualmente). Que te despierta para pedirte cacao para los labios o una manzana porque tiene hambre (¡¿?!). O para avisarte que el hermano está durmiendo debajo de la cama.

Está la bebé que cena su leche a lo largo de la noche. O que suspira. O que necesita una caricia. (La madre le atiende en estado puro de sopor; habiendo probado diversos métodos, al final hace lo que diga la reina.)

Están los vecinos. Cuando hace buen tiempo, están los colegas del bar que amenizan la noche. En invierno, está el vecino que le da por toser. O la de arriba que se pasea en tacones a las dos de la madrugada.

Está la madre en sí con sus propios temas, que también tiene que toser, hacer pis, sonarse los mocos, beber agua, sacar otra manta porque tiene frío, dar un antibiótico de madrugada o mirar el reloj otra vez porque teme que se le haya olvidado poner el despertador.

Pero no está sola, no, o al menos no suele estarlo. Está el marido, también con sus temas: sus ronquidos, algún comentario suelto mientras duerme, la pelea por el edredón, o la noche que se acuesta él más tarde, despertándola al acostarse. Pero sobre todo, está el marido y está… el codo.

Yo puedo sobrevivir que Pon se mee en la cama, que Pun necesite pecho tres veces por noche, sacarle alguna medicina a Pin de madrugada, decirle a mi marido ocho veces que se dé la vuelta y deje de roncar.

Pero lo del codo puede conmigo.

No entiendo de dónde viene el reflejo que tiene mi marido mientras duerme. Le da por abrir y doblar el brazo como si estuviera en una playa a punto de tomar el sol tumbado boca arriba. Sostiene ese codo perpendicular a la cama, desafiando la gravedad, señalando hacia el cielo, y cuando ya no puede más, deja que se desplome en mi cara, en plena órbita o en mi sien.

Menos mal que yo también he desarrollado un reflejo karateka que lo prevé y lo desvía. A estas alturas soy mínimo cinturón negro. Pero nerviosa me deja.

Alguna noche he llegado a rescatar mi propia vida cuatro o cinco veces y hasta le he despertado a To para decirle que su codo intenta asesinarme.

Las noches en las que el codo se comporta, me puede dar igual que me despierten otras sendas causas porque al menos no he recibido un martillazo en el cráneo.

Así que si tenéis todo lo demás, pero no hay codo asesino en vuestra vida, dad las gracias por esas noches de calma relativa.

Y To, yo te quiero con el codo y tó, pero si alguna lectora me da una solución, bien que tu codo se puede  ir preparando…

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30 de noviembre de 2011

Dije que en cuanto durmiera cuatro horas seguidas, volvería al blog No soy Supernanny. Y por fin, a dos meses desde la llegada de Pun, antes de ayer dormí cuatro horas seguidas. Por desgracia, la buena fortuna no ha durado, porque anoche ya estábamos de vuelta a las tomas cada dos horas…pero quiero cumplir lo que he prometido, aunque sea para mí misma.

Abrimos nuevo capítulo, el de familia numerosa, y para empezar os tengo que decir que no hagáis caso a cualquier idea einsteiniana que haya compartido en el pasado. Como, por ejemplo, que se puede escribir y mantener un blog con 15 minutos diarios. No tengo que decir más ni demostrarlo – ya habéis visto que con dos preescolares y un bebé no es posible, por lo menos no antes de que pasen dos meses.

Alguna madrugada mientras la nueva adquisición tenía ganas de juerga, intenté escribir una entrada para el blog tecleando en el móvil. Fue algo así:

Primer intento: “Hola chicas, acabo de dar a luz. Esto es guay. O sea, os tengo que dejar porque soy la madre más chachi del mundo.”

Una semana más tarde, el segundo intento: “Chachi, tu tía. Estoy hecha polvo. No aguanto ni un segundo más de este brutal déficit de sueño. Adiós, mundo cruel.”

Unas semanas más adelante, el tercer intento: “Al final he decidido quedarme en exte mundok pq vale la pena aunke sea duro. Estoy muy lucida a estaaas oras de la noxe. Asd925ñxdfi  kkkkk.”

Con el tercer intento, temí por la vida de mi móvil, ya que al despertarme por la mañana lo encontré recubierto de babas en el rincón extremo de la almohada. Ya no soy dueña de lo que hago por la noche, ni me acuerdo de lo que ocurre, ni de qué ha pasado. Sé que he estado con un bebé y eso es todo. (Un bebé adorable, todo sea dicho.)

Así que si a partir de ahora digo cosas extrañas (porque antes no las decía, no, nunca, ¿verdad que no?), ya sabéis por qué. Por queeeeeeeeeskkñskkkkkkkkk.

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27 de julio de 2011

Era de noche. Había acostado a Pin, de cinco años, hace unos diez minutos, cuando volvió a salir al salón. Ya sabéis que en las noches de calóh es un ritual que se levanten un par de (cientos de) veces, así que el hecho en sí no me sorprendió. Pero sí lo que me dijo. Se plantó delante mía muy seria y dijo:

—Mamá, he decidido que voy a ser como Wendy, que ya no voy a dormir con Hipo.

—¿Wendy de Peter Pan?

—Sí, quiero irme a dormir como ella, sin Hipo, sin muñecos.

Tengo que reconocer que no estaba preparada. ¡Hipo! En el pasado os he contado cómo es su muñeco inseparable desde que es bebé. Hemos celebrado su cumpleaños y también su resurrección en alguna ocasión.

Sinceramente, el corazón me dio un vuelco. ¿Por el muñeco? Una pizca, lo reconozco, por ridículo que suene. ¿Por mi niña? Sin duda. ¿Poner fin a la Era de Hipo? ¿Crecer? ¡No! Por un momento pensé que me pondría un disfraz verde y la llevaría volando por la ventana cual Peter Pan a la tierra de Nunca Jamás. ¿Con qué me he estado autoengañando todos estos años preescolares, pensando que quería que se emancipara lo antes posible?

—Vale —le dije con la voz chica—. Tengo una idea. A lo mejor quieres que duerma en su propia cama al lado de la tuya.

(Justo en este instante, para mis adentros, dos madres con caras muy diferentes empezaron a debatir. Una tenía cara de Supernanny: —Pero ¿se puede saber qué estás haciendo? ¡Es el momento de deshacerse del muñeco andrajoso!

La otra, con cara de no-Supernanny: —¡No puedo! ¡Pobrecito! ¡Ay, mi niña!…

Supernanny: —¡So débil!)

Mientras tanto, a Pin le gustó la idea de acostar a Hipo. Se le iluminaron los ojos: —¡Sí!

(No-Supernanny le dió un codazo a la otra: —Ves, no estaba preparada para deshacerse de Hipo.

Supernanny, con la nariz en el aire: —Lo estaría si lo estuvieras tú.)

Le hicimos a Hipo la cama en una caja, lo tapamos con una tela, y Pin se acostó feliz.

Yo me fui a mi cuarto, ignorando las miradas fulminantes de Supernanny, cogida de la mano de no-Supernanny y preguntándole cómo lo voy a hacer con tres niños en tres etapas diferentes: casi escolar, preescolar, y primera infancia cuando nazca el bebé en septiembre.

Como To estaba de viaje y “no tengo nada que hacer”, me invadió la nostalgia y me tiré una hora indisciplinada viendo fotos de los niños y lamentando lo rápido que crecen. ¡Pero si esta foto sólo es de hace unos meses…mira cómo le ha cambiado la cara! Flagelándome. ¿Habré aprovechado bien estos años con Pin? ¡Qué rápido crece! ¡Ayyyyy!

Me fui a la cama demasiado tarde y me dormí compungida. Querido Hipo: no te vayas todavía, no te vayas, por favor…

Pero todo cambió a las cinco de la mañana, cuando escuché el despertador que no me hace demasiada gracia, piececitos corriendo por la casa. Pin.

—Mamá, que no puedo dormir, que no encuentro a Hipo. ¿Dónde está Hipo?

Dichoso Hipo, refunfuñé (la nostalgia no se activa a las cinco de la mañana).

—Está en la caja al lado de tu cama, ¿te acuerdas? —gruñí—. Venga, a dormir, que todavía es pronto.

A esas horas, una empieza a desvariar. ¡La verdad es que estoy hasta el moño de Hipo! ¡Que me despierte por un trozo de tela hecho un morro deforme y ametrallado de agujeros! ¿Quién nos lo regaló? Ah sí, mi suegra. Pero no es su culpa: ¡es la culpa de To, que para colmo no está para atender a Pin a las cinco de la mañana! Fue él quien le adjudicó como compañero de cuna y creó el vínculo inseparable. Cuando vuelva de viaje, voy a esconder a Hipo adrede y que sea él quien se levante a las cuatro de la mañana a hacer de detective…

Pero antes de que pudiera reconciliar el sueño, Supernanny (que no duerme nunca) me interrumpió sacudiendo un dedo índice: —No te quejes, que te lo dije.

Y no-Supernanny simplemente emitió un ronquido.

PD
Total, para un anticlímax: a tres noches del suceso, Wendy sigue en Nunca Jamás; la caja, vacía; e Hipo, firmemente atrincherado en la cama de Pin.

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19 de julio de 2011

Esto funciona tanto para los días cuando te vuelven loca tus preescolares y piensas que realmente te faltó un tornillo a la hora de decidir tener hijos…como para los días en .los que tu instinto materno desborda por los cuatro costados y no cabe en tu corazón el amor que sientes por ellos. Pero lo recomiendo sobre todo en el primer caso, para seguir adelante y valorar los hijos que tienes entre manos.

Cuando lo hayas acostado, pon el nombre de tu preescolar, la edad que tiene, y la fecha en una hoja de papel, un cuaderno o un documento en el ordenador, y empieza a escribir. Escribe todo lo que echarás de menos de él de esta precisa etapa de su vida, a sus dos años, tres y medio, cuatro años o la edad que tenga. Por ejemplo:

– formas que tiene de expresar cariño
– frases que dice
– canciones que canta
– maneras que tiene de “ayudarte”
– actividades que comparte contigo
– hábitos muy suyos
– cómo huele
– maneras que tiene de pedir cosas
– apodos que utilizas sólo para ese hijo
– la descripción de su cara o cuerpo en este momento
– cosas que no le gustan
– muñecos (o coches) que quiere con pasión
– los sueños que te cuenta.

Si no acabas sacando el pañuelo, por lo menos acabarás el día con más ternura…y conservarás un recuerdo instantáneo de este momento irrepetible de su vida. Unos años más adelante, cuando saques estas descripciones y las vuelvas a leer, te sorprenderás de todo lo que se te ha olvidado…y que no logra captar una cámara. Además, seguramente les resulten muy interesantes a tus hijos cuando sean más mayores.

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29 de junio de 2011

Noches de bohemia y de ilusión (por que se duerman)
yo no me doy a la razón
tú como te olvidaste de eso
(ya te vale, To…)
Busco y no encuentro una…solución…

Ay, mis preescolares, ¡qué petardos se vuelven a la hora de acostarse! Y nosotros, muertos de calor en el salón, ya hartos del día, ya queriendo silencio, que no nos interrumpan…¡que se duerman ya!

Ya los hemos acostado. Hemos hecho de todos con ellos: bañito, cena, cuento, canción, oraciones, besitos, abrazos, muñequitos. ¡Lo que haga falta! Nos gusta el ritual nocturno pero ya es hora de que sueñen, ya es hora de que se repongan…y nosotros también.

No hay quien nos levante del sofá. ¿O sí?

Sale Pin al salón:
—Se te ha olvidado llenarme el vaso de agua.

Al rato sale Pon, como un reloj:
—Tengo que hacer caca.

Deber cumplido, culito limpio, pañal repuesto, más besitos y a la cama.

A los cinco minutos sale Pin:
—Pon ha puesto su pie en mi cama y me está molestando.

Sale Pon:
—Me han picado los mosquitos.

Levanto mi bombo de último trimestre (ya necesito grúa) y voy a rebuscar en el botiquín.

A los diez minutos sale Pin:
—Están haciendo mucho ruido en la calle.

A sus talones sale Pon:
—Me duele la rodilla…necesito una tirita…

To se altera, de las pocas veces, pero le busca la tirita. ¡Ay, la calóh! ¡Ay, la hora! ¡Dormíos ya de una vez, angelitos! ¡Callaos ya, los del bar!

Ya he pensado en la solución. Esta noche, más vale prevenir que curar. Buscaré una cesta y la llenaré de tiritas, Mercromina, crema anti-picor, spray anti-mosquitos, una jarra de agua, pañales, ropa interior, peluches, abanicos, tapones, y sendas soluciones a necesidades infantiles. De todo un poco. Me sentaré en el sofá con los pies en alto con un libro, mi móvil, el teléfono, el portátil, una bebida fría o cualquier cosa que se me antoje. La cesta soluciones a mi vera. Aguardando. Que vengan, que vengan, que de allí no me moveré.

(Pero lo del váter, ¿cómo lo soluciono? ¿Lo cambio al salón?)

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08 de febrero de 2011

Desde hace unas semanas hay un intruso en la casa que nos hace la vida imposible.

Todo empezó con una bibliotecaria demasiado buena (que nadie le quite mérito). Cierto día soleado Pin visitó la biblioteca del barrio con su clase. Y la bibliotecaria les contó un par de cuentos. Pin me contó los dos, pero incidió en el segundo con los ojos redondos, redondos. Se trataba de un pollito muy pequeño, suave y amarillito que desgraciadamente se veía continuamente en peligro por el Gato Pelado, que cada vez que acechaba, decía, “¡Maramamiau!” Me dijo Pin que se había asustado, que no le había gustado el cuento; hablamos un rato, y no le di más importancia.

Esa noche se despertó chillando porque venía Gato Pelado. Logramos tranquilizarla pero se volvió a despertar tres veces con pesadillas.

Al susodicho lo busqué en Internet y me encontré con este gato siniestro. Más tuvo que impresionar si la que contaba el cuento tenía dotes dramáticas, que parece que así había sido.

El dichoso Gato Pelado siguió despertando a Pin durante cuatro noches sucesivas.

Pero la historia no termina allí, porque Pin también es muy buena bibliotecaria. Se le ocurrió contarle el cuento a su hermano con toda la intriga y dramatización y “maramamiaus” posibles, y Pon acabó como si hubiese visto al gato en sus propias carnes.

Ya os cuento que han pasado semanas desde aquello.

Durante la última semana y media no hemos dormido muy bien. Nos hemos tenido que levantar una media de dos veces por noche por accidentes en la cama, mocos que no dejan respirar, un vaso que hay que rellenar o cualquier tema relacionado a la salud de nuestros hijos. O no.

Noche sí, noche no, es porque nuestro amigo Gato Pelado sigue amenazando, ya sea a uno o a otro.

El otro día, ya hasta el moño de no dormir, le pillé por banda a Pin en la merienda.

–Pin, ¿sabes qué? Ya que no puedo ir yo al Caribe, le he dicho a Gato Pelado que haga las maletas y se vaya él a la playa, al Caribe. Y me ha dicho que muy bien, que tenía ganas de cambiar de aires. Así que me he despedido de él y se ha ido muy contento.
–Pero, Mamá, si me dijiste que no existía, que sólo era un cuento.
–Ya, pero como seguís hablando de él, éste es otro cuento que te cuento yo.
–¿Y ya no va a volver?
–No, dice que está en la gloria tomando el sol, que no le apetece volver en absoluto, y que además, se va a convertir en un gato bueno. Mira, lo dice en esta postal.

El caso es que empezamos a jugar a que mandábamos postales a Don Gato Pelado, y Pin le decía las cosas malas que había hecho, y él escribía de vuelta pidiendo perdón y ella le perdonaba. Tuve que acabar la sesión después de veinticinco postales porque mi imaginación ya no daba para más. Pin se quedó muy contenta, y yo más, porque pensaba que era la madre guay que había acabado con su pesadilla.

¡Ilusa! Las Supernannies no existen, tampoco las supermamis.

Hoy por la tarde. Hora de la siesta. Me encuentro a Pin en el sofá, la cabeza tapada con una manta y llorando a moco tendido. No hay manera de hacerla asomar.

–¡Tengo miedo!
–Pero ¿de qué? ¿Qué pasa?
–¡¡¡El gato!!!
–Que ya te he dicho que el Gato Pelado…
–¡Es que no es Gato Pelado…es otrooooo!

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