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12 de marzo de 2013

Es herencia de mis antepasados, un sello que se ha ido imprimiendo de generación en generación y que reza así: No se disfruta de nada hasta que no se trabaje primero y se trabaje bien y hasta el último detalle. No se juega a la pelota hasta que se terminen los deberes. No se echa la siesta hasta que se frieguen los platos. No se ve la tele hasta que se pase la aspiradora. Amén y amén.

Muy bien. Me ha servido. Con una filosofía similar, he conseguido unas cuantas cosas en la vida. De madre primeriza, intenté aplicarla lo mejor que pude. Con otro niño, más o menos también, aunque la interpretación de dicha regla era cada vez más amplia. Con tres…tal vez las aguas del tiempo suavicen ese sello indeleble. Tal vez esté desaprendiendo y reaprendiendo.

Porque el tiovivo de la semana gira y gira.

Y si yo trabajo primero y disfruto después, no me enteraré ni de que había terrones de azúcar en la vida.

Con el agotamiento a cuestas, empiezo a entender que mi renovación es vital e incluso anterior al trabajo puro y duro de cada día. Que mi amor se resquebraja, mi salud mental tambalea, mis fuerzas se abaten cuando no me estoy recreando.

Pero cuando digo recreación, tampoco hablo de ocio, diversión, tiempo libre, ni siquiera descanso.

Por ejemplo, veamos una opción fácil: ver una película o una serie por la noche con mi marido. Apetece. Solo hay que usar un mando a distancia. Recibir con el cerebro hecho papilla y el cuerpo rendido. Me encanta una buena película, pero ¿es lo que más me satisface?

Otra opción fácil, esta tal vez durante el día. Ver qué está haciendo la gente en Facebook. “Conectar”. O no. Cotillear. ¿Me llena?

Otra opción más elaborada: quedar con amigas. (Y las amigas que me lean, que por favor no lo interpreten mal, pues ya he escrito en el pasado sobre cómo disfruto con ellas y me recuerdan que soy humana.) Pero como introvertida moderada en un ambiente tan social, ¿será lo que habitualmente me recargue las pilas?

Muchas revistas te animan a “cuidarte” = comprarte una faldita, pedir un peinado nuevo en la pelu o ir a hacerte la manicura. Pero ¿qué pasa cuando todas estas actividades femeninas, por mucho que te agrade el resultado final…te parecen más bien un mal necesario?

¿Qué es lo que te revitaliza?

Quiero darte una pista: en muchos casos lo que renueva es la reCREACIÓN. CREAR. No simplemente recibir las creaciones de los demás: recibir la película, recibir las conversaciones de los demás o recibir el peinado nuevo.

¿Qué te gusta crear y qué te reCREA a ti? ¿Qué te vuelve a anclar, devuelve el brillo a tus ojos, llena tu pecho de satisfacción, te bien-dice y por ende a los que te rodean?

Te animo a que hagas una lista de qué es lo que te renueva.

No te voy a decir cuántas veces a la semana debes recrearte, ni que debes tener un hobby. Solo te voy a animar a que saques un papel y hagas una lista de qué harías para renovarte si tuvieras el tiempo libre que no tienes. Después, tacha cualquier cosa que realmente no te llene o te emocione. Y finalmente, cuando puedas, empieza a apartar unos minutos de recreación auténtica y avivamiento en tu vida.

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01 de marzo de 2012

Todas tenemos que tener una amiga perfecta. Si no fuera nuestra amiga, nos daría asco, pero como es nuestra amiga, la semiadoramos. En su perfección no es que haga una cosa bien, ni dos cosas bien, sino que lo hace todo – todo – bien.

Yo tengo una de éstas (en realidad tengo varias…me gusta rodearme de la excelencia). La amiga en cuestión es maravillosa y hace cosas maravillosas, entre ellas, cocinar de maravilla (llamémosla la Mujer Maravilla).

Yo a la Mujer Maravilla no la envidio, como os he dicho antes, porque es mi amiga, pero hay algo de ella, algo que cocina, que sí que me vuelve verde de envidia y que me tiene enferma: sus muñecos de jengibre.

Una Navidad la Mujer Maravilla nos regaló una caja toda chula llena de muñecos de jengibre caseros: firmes, sonrientes, de ambos sexos, con sus camisas y sus pajaritas bien puestas, sus vestiditos rosas y sus rizos rubios. No los olvidaremos en la vida. O al menos, no los puedo olvidar en la vida porque mis hijos Pin y Pon no los olvidan en la vida.

A los dos días de comérnoslos todos, Pin y Pon vinieron a consultarme asuntos de vital importancia:

—Mamá, ¿tú sabes hacer muñecos de jengibre?

—Claro—mentí. (No mentí adrede; en mi mente, yo sabía hacerlos porque sabía que tenía un molde de muñeco de jengibre en la balda más alta de la terraza de la cocina, ahí, donde guardo todo lo que uso a diario.)

—¡Bien, bien! ¿Podemos hacer uno, por favoooorrr?

—Pues claro—dije con toda mi magnanimidad navideña y porque soy una madre que lo vale aunque no sea perfecta como la Mujer Maravilla.

Aquel funesto día hace dos años fue nuestro primer intento. Vino una amiga a ayudarme porque vio que necesitaba apoyo. La receta que teníamos para la masa no era la adecuada, o yo no tenía los ingredientes adecuados, y los muñecos nos salieron amorfos. Intentamos decorarlos pero el glaseado nos salió azul pitufo y quedaron ridículos. Hicimos tanta masa que nos aburrimos de hacer muñecos y ya no sabíamos qué hacer con ella y acabamos dejándola caer en boñigas enormes sobre las bandejas del horno. (Semanas más tarde, Pin llevó una de estas boñigas al colegio para el desayuno y la maestra le preguntó, “¿Eso qué es, una tortilla?” “No —respondió mi hija, siempre protegiendo el honor de la estirpe—, esto es una cabeza de jengibre gigante…sin ojos…”.)

Nuestros muñecos de jengibre. Alta cocina. Por Nosoysuperchef.

La Mujer Maravilla será la Mujer Maravilla, pero yo soy la Mujer Cabezota, así que este año me puse manos a la obra con una nueva receta, la del santo recetario por el que jura mi suegra. Como ese libro a ella no le ha fallado, a mí tampoco me iba a fallar.

La masa inicial tenía buena pinta, confieso. Pero por muy bomba que se lo pasaran mis hijos en la cocina, tuvimos algún que otro desliz al confeccionar nuestros muñecos de jengibre.

Cuando terminamos de decorarlos, To pasó a hacer revisión.

—¿Esos qué son, de alguna escena de The Walking Dead?

Mi marido siempre me apoya al cien por cien.

Pero no pienso rendirme jamás. Como veis, me afecta tanto, que me estoy preparando para la Navidad que viene con nueve meses de antelación. Y he encontrado la solución en Internet.

Muñecos de jengibre Ninja. La Mujer Maravilla será perfecta, pero la Mujer Cabezota es un crack.

Lo siento, seremos muy amigas pero a estas alturas no lo puedo remediar: mis JengiNinjas les van a partir las piernas a sus JengiPanolis.

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15 de diciembre de 2011

Definamos tiempos revueltos: aquellos tiempos que requieran medidas desesperadas. Supongo que si tenéis preescolares, sabréis de qué tiempos revueltos estoy hablando, sobre todo cuando un invitado está a punto de llegar a casa. A la casa pulcra, por supuesto.

Mi casa es igual que ésta y me pongo tacones para limpiar.

Pero seamos sinceros, porque de eso se trata este blog: tras el nacimiento de Pun, la pulcritud de este establecimiento está en declive. Se me pegan las zapatillas al suelo (y eso que voy esquivando los guisantes aplastados); To y yo fregamos y fregamos platos a raudales, como si esto fuera un restaurante; mi fe mueve montañas a diario – montañas de coladas; barro tres, cuatro, cinco, seis veces al día (miento, ya me he atado la

escoba al brazo, para ahorrar tiempo). Pero la pulcritud nos elude. Esto parece una especie de purgatorio, donde lo que has hecho vuelve a aparecer en peor estado que la vez anterior, hagas lo que hagas.

Sin embargo, he descubierto unas medidas muy útiles, mis medidas desesperadas en tiempos revueltos:

Método hombre del saco: Inaugurado por To (el hombre del saco), se trata de usar un saco para recoger la casa o todo lo que encuentres por el camino (pañales, aspiradoras, niños…). Un saco de patatas enorme sería lo más indicado, pero nosotros sólo tenemos bolsas de basura. Tras la recogida completa, se esconde el saco en alguna parte discreta de la casa. Es decir, donde no vaya a aparecer el invitado (esto último no funciona en esta familia porque a To le encanta enseñar la casa entera a nuestros invitados sin tener en cuenta mis mayores vergüenzas, como las bragas que tengo secándose en el radiador del dormitorio).

El único problema con el método hombre del saco es que después no tenemos tiempo de volver a sacar las bolsas y guardar los contenidos en sus lugares pertinentes. A estas alturas hay cuatro bolsas en cada punto cardinal de la casa, por si nos perdemos.

To me dice que, ya que han pasado semanas desde que pasó el hombre del saco por la casa, y parece que nadie ha echado de menos sus cosas, por qué no tiramos las bolsas al contenedor, sin más. Yo discrepo porque he abierto una y he encontrado las sandalias de Pon, varios calcetines sin par y mis propios guantes, que estuve buscando hoy durante quince minutos hasta que me acordé de nuestro brillante método.

Método vamos a la cama:

Advertencia: Esta foto puede herir sensibilidades. Cama real. Copyright Nosoysuperpulcra.

Se elige una cama de la casa, cuanto más grande mejor, preferiblemente en una habitación en la que no tenga que entrar nadie durante unas horas (si tienes un marido como el mío, elige un cuarto que puedas cerrar con llave para que no lo enseñe). Se va recogiendo la casa con cubos, cestas, excavadoras o lo que haga falta y depositando contenidos en la cama. Al concluir, se cierra la puerta. Finito. Suerte cuando te tengas que acostar.

Ahí os los dejo, para que consigáis una casa pulcra. Pero seguro que tenéis métodos incluso mejores que compartir conmigo. Soy toda oídos. (Esperad, ¿dónde he dejado los bastoncillos? ¿En el saco o en la cama?)

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27 de mayo de 2011

Miércoles, 20,15h. En la parada de autobús en pleno centro de la ciudad. Con Pin y Pon y mi barrigota de seis meses. Y el carro. Pin y Pon nerviosos, se empujan, se ríen, arman ruido. Sé que están así porque no han merendado bien, necesitan cenar y ha sido un día muy largo, así que no intervengo porque no se están matando, todavía, y pienso que no estamos molestando demasiado a los que esperan en la parada. Una señora mayor inmaculadamente vestida, peinada y maquillada los observa, ligeramente divertida, y después me dice: –Qué valiente eres, llevando a los dos en autobús a esta hora.

–Es muy mala hora– concuerdo.

Pero de valiente nada. Toca lo que toca, y no tengo otra manera de llegar a casa, ni estoy en el centro porque lo desee.

Sin embargo, ya en el autobús, me doy cuenta por enésima vez de quiénes son las verdaderas valientes. Os lo contaré para ver si concordáis: las mujeres que se sientan en los asientos reservados – y no se inmutan – cuando estoy delante. Con el bombo a un palmo de sus narices.

El año pasado se descubrió a través de encuestas que la mayoría de la gente no cede el asiento en el autobús porque no están seguros si la mujer está embarazada o gorda, y les da vergüenza preguntar.

Pero no es mi caso ni el de las valientes que menciono. Porque no se trata sólo de mi bombo. Se trata de que estoy con Pon en el carro y con Pin colgada de mi pierna. Y yo delante, justo delante de la mujer en el asiento de uso preferente, manteniendo el equilibrio cual paquidermo. Debo confesar, para vergüenza mía, que a medida que crece la tripa, también crece el morro. Tengo morro por estar embarazada, y quiero sentarme no porque sea minusválida, sino porque me lo pide el cuerpo. Y también me lo pide la niña que tengo colgada de la pierna, que se tropieza cada vez que gira el autobús.

¿Por qué digo que las valientes son mujeres? Siempre son mujeres. Mucho nos quejamos de los hombres, pero casi siempre ofrecen el asiento, tengan la edad que tengan – y esté situada donde esté situada. Las del asiento de uso preferente son mujeres de todas las edades: mozuelas, madres, matriarcas. Muertas de cansancio lo más seguro, lo reconozco, y en su derecho relativo: “Rita, Rita, lo que se da no se quita. El que fue a Sevilla, perdió su silla”, etc.

Pero miento con lo de que no se inmutan. Conteniendo la sonrisa, las observo detenidamente. Un leve grado de culpabilidad hace que giren la cabeza imperceptiblemente hacia la ventana, lentamente para que no me dé cuenta. Endurecen la mirada. Sus manos aprietan el bolso con más fuerza (por si, ya puestos, se lo quito también). Y observan la vista desde la ventana con toda minuciosidad porque no me ven, está claro que no me ven. Ni el bombo ni el carro ni los dos preescolares. Porque no soy Supernanny, pero sí soy Superinvisible, por el bien de la humanidad.

Yo me planto justo delante con mi morro y mi tripa, por si acaso se abre el telón de la invisibilidad, por si funciona la presión psicológica, por si les llegan a caer bien mis querubines, por si acaso logramos aplastar todos juntos a esta víctima en uno de los frenazos del conductor. Pero ellas permanecen inmóviles cual estatuas de sal, viendo un atardecer inexistente por la ventana.

Estoicas y valientes, no ceden.

Chapó.

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20 de mayo de 2011

En la canción de la película Disney La Bella y la Bestia, “Ser humano otra vez”, los muebles y utensilios animados del castillo encantado de la Bestia sueñan con volver a su estado original de seres humanos.

A veces como madre me encuentro tarareando esta canción, y no sólo porque sea pegadiza:realmente sueño con volver a ser humana.

Antes de que pongáis el grito en el cielo, sabed que no intercambiaría mi estado de madre por nada. De hecho, sé que ser madre, a mí en particular, me ha hecho más humana, más viva que nunca.

Pero a veces se puede ser demasiado madre, no para con los hijos propios, sino para con los demás, hacia el mundo en general, y sobre todo en la etapa preescolar. Como cualquier papel en la vida, puede encorsetar.

Existe un cosmos, la galaxia de las madres, como he comentado en el pasado. Vivo inmersa por necesidad en esta galaxia y estoy más que agradecida por mis compañeras de reparto. Pero a veces me es menester retirarme de ese cosmos sectario. Porque – ¿podemos negarlo? – realmente es sectario.

Lo notas en seguida cuando estás en un grupo mixto y se juntan tres madres a hablar de sus embarazos o partos: las madres regodeándose en cada detalle con todo orgullo (al fin y al cabo, se suele entrar en este club a través de un rito de iniciación duro) y los demás preguntando “¿episio…qué?” o directamente vomitando en el cubo de basura más cercano.

Hablar de partos es interesante y últimamente lo hago más que nunca (¿por qué será?). Pero también hay ocasiones en las que…necesito olvidarme de que he parido.

Ocasiones en las que quiero desayunar con amigas que tienen tiempo para depilarse las cejas. Quedarme hasta las tantas cotilleando con otros tres que todavía no saben lo que es cambiar un pañal. Y otro. Y otro. Hablar por teléfono con otra amiga sin prole que tiene la suerte de recorrer el mundo como Willy Fogg sin barajar horarios de guarderías, turnos de suegras y madres, o instrucciones kilométricas para el marido que se queda en casa. Volver a entrar en la complicada existencia de una amiga soltera que, por mucho que se le complique la vida – ¡puede dormir toda la noche del tirón!

Gracias, terrestres, por aportar ¡aire! a mi vida. Gracias, amigos, por hacerme
“bailar otra vez, girar otra vez
Mover fácilmente los pies
Ser humano otra vez, solo humano otra vez,
Con aquel viejo vals, un, dos, tres”…

La Bella y la Bestia – Humano otra vez [España] [HD]

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09 de mayo de 2011

Algunos dicen que es la curva de la felicidad. Otros dicen que no tenemos tiempo para cuidarnos cuando tenemos hijos. Dicen que con cada embarazo sucesivo, cogemos un par de kilos adicionales de manera permanente. Cierto, cierto y cierto. Pero os voy a revelar un gran secreto: en realidad los padres nos volvemos flácidos, desarrollamos mollas, nos volvemos rechonchos, gordinflones y blandurrios…por culpa de las chucherías de nuestros hijos.

Sabréis por entradas anteriores que no soy anti-chucherías. Para botón de muestra, el chocolate que tengo en la foto. Pero también tengo que reconocer que el fenómeno social de las chucherías ya raya en lo patológico.

Semana sí, semana no, Pin vuelve a casa con una bolsa de gominolas porque ha sido el cumpleaños de algún compañero de clase. Si encima toca ir a un cumpleaños esa semana, otra bolsa que se lleva. En algunos casos, dos. El otro día fuimos a una superfiesta de cumpleaños Pin, Pon y yo y salimos con cuatro bolsas de dulces. Vienen amigos nuestros a casa y les traen chucherías; salen a jugar con el vecino, y el abuelo les compra caramelos; piensan, por lo tanto las piruletas crecen en los árboles. Juan Luis Guerra canta que ojalá que llueva café, y yo canto que ojalá deje de llover chucherías.

Me mareo sólo al pensar qué ocurrirá el año que viene cuando Pon empiece el colegio. Tendré que poner una piscinita inflable en casa y en vez de llenarla de bolas de plástico, ir llenándola de los caramelos que traen a casa.

Volvemos a la cuestión: ¿por qué engordamos los padres? Porque sustraemos de sus bolsas. Sí, lo confieso. Lo hacemos. ¿Y por qué no tiramos las chucherías? No podemos. Tiene que ver con nuestra infancia (no necesito psicólogo, es evidente).

Comparamos la superabundancia caramélica de nuestros hijos pijos a nuestra propia infancia feliz y normal. Cada domingo me daban cinco o diez pesetas para gastar en la tienda de chucherías. Era una casa baja particular con una ventana grande que daba a la calle. Con el duro golpeabamos la ventana hasta que aparecía una viejecita con un moño mal colocado, empujaba la ventana hacia arriba a trancas y barrancas con la poca fuerza que le quedaba, y le pedíamos nuestro Palote de fresa y nata o nuestro regaliz rojo. Y esa era nuestra chuchería para la semana. Porque en el colegio, algunos niños traían bolsas para distribuir en sus cumpleaños, pero como mucho nos tocaban un par de caramelos. Y a fiestas no íbamos todos los días. En aquellos días, no llovía chucherías. Si teníamos el lujo de recibir un lote de dulces, lo guardábamos en casa en nuestro rincón particular. Bueno, a mí no se me daba muy bien aquello de guardarlos meses y meses, pero me acuerdo de la bolsa azul de mi hermano, siempre llena de gominolas hechas una piedra de tanto ahorro.

Este concepto de bolsa y ahorro lo he incorporado en nuestra propia casa, pero hasta ahora nunca he entendido el peligro que encierra para los padres. Tengo una bolsa para Pin y otra para Pon, y caramelo que entra, caramelo que distribuyo. Los chicles los tiro directamente, pero eso es tan sólo un cinco por ciento del cúmulo general. De hecho, tengo una teoría particular, que las chucherías se reproducen solas dentro del armario, porque aunque mis hijos coman alguna una o dos veces por semana, aquello no deja de multiplicarse. Y su ingestión no supera la velocidad de multiplicación. He aquí el peligro.

Sin querer, acabamos robando chucherías de sus bolsas. Por la noche, en la oscuridad, cuando se mueven sigilosos estos bandidos, Nova y To:

—Ay, ¿te apetece una gominola ácida?
—¿Tenemos?
—Los niños tienen un montón.
—Venga, trae un par, que no se van a enterar.
—Es por su bien.
—Y por el nuestro. Ha sido un día largo.

Lo siento, hijos, pero es cierto: vuestros padres son cacos, y encima de los de pésima justificación. Pero nos arrepentimos y estamos enmendando nuestros caminos, sobre todo al observar nuestros michelines. En definitiva, la solución al exceso de chucherías no es el hurto.

Frenemos entre todos este fenómeno social. Me da igual el remedio. Hacer una quema pública del petróleo de las golosinas. Volver a la peseta. Dejar de plantar árboles de piruletas. Ya me diréis.

Foto árbol piruletas: Rynnah in Singapore
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19 de abril de 2011

Muy interesante un post de Mamá (contra) contracorriente, Niños abandonados en los parques. Me identifico como una de las pocas madres que suelen entrar al redil del parque infantil con sus ovejitas, no sólo para jugar con ellos sino también para protegerlos de los niños Shin-Chan-Bart-Simpson que buscan llamar la atención mientras sus padres están de cháchara en el más allá.

Pero por otro lado, tengo que forzarme a verme desde fuera con el ojo crítico de “no soy Supernanny ni supermamá”. Hace dos días llevé a mis preescolares al parque y me senté en un banco. Fuera. Atenta, pero fuera del redil. ¿Por qué? 1. Son dos, se ayudan el uno al otro, y ya son más mayorcitos. Puedo estar pendiente de ellos sin tener que estar a un palmo. 2. Losengendros Shin-Simpson estaban bajo control o ausentes. 3. Mis angelitos llevaban todo el día en casa y me había relacionado muchísimo con ellos. Demasiado. De hecho, de aureola les quedaba poco, y a mí menos. Necesitábamos un descanso mutuo.

Ahora pienso: desde fuera, alguien podría interpretar su comportamiento tarzánico como que buscaban atención, y que yo pasaba de ellos…cuando en realidad era un momento de desahogotanto para ellos como para mí. Y muchas veces, eso es lo que provee un parque para los que vivimos en pisos sin jardín ni terraza o patio grande que sirva de espacio exterior.

Así que para mí, la cuestión del parque es flexible y depende de la situación. Si Pin está en el colegio y estoy con Pon, suelo estar dentro del recinto por lo menos la mitad del tiempo. Si estoy con los dos, dependiendo del día que hemos llevado, estaré o no estaré.

Cuando estoy menos cómoda es cuando he quedado con otras madres. Las fotos que puedas encontrar en Internet de madres hablando en un parque reflejan una compenetración impresionante, pero en realidad roza lo acrobático estar pendiente de tu amiga y la conversación, y seguir pendiente de tus hijos. Lo que suelo hacer es quedarme justo en el bordillo del parque, hablando pero mirando hacia los niños en la medida de lo posible. O acabar un poco bizca, con un ojo dirigido hacia la amiga que habla y el otro hacia el parque. Mis preescolares van y vienen entre nosotras y sus columpios, y “de vez en cuando” (¿cada cinco minutos?) interrumpo la conversación para atenderles. Una vez más, se puede juzgar desde fuera, pero quizá no se observe la complicación que supone. Lo bizca que me estoy volviendo. Quiero estar con mis hijos pero también necesito amigas.

Para mí la solución reside en no hacer que el parque sea un ritual de cada tarde por ende. Lo que me pregunto cada semana es, ¿cuánto tiempo real estoy pasando con mis niños a solas? ¿Cuánto estoy invirtiendo en ellos? Y me lo planteo más con Pin, que va al cole, que con Pon, que todavía está en casa. Si Pin está en clase toda la mañana, luego come con nosotros, apenas juega y se acuesta para la siesta, no le quedan muchas horas de tarde. Entre semana ya tiene varias tardes ocupadas con sesiones de terapia, así que aparte del fin de semana, que a veces lo tenemos liado con otra gente, sólo le quedan varias tardes libres. Me tengo que asegurar de que estoy pasando suficiente tiempo con ella: que estamos hablando, que le estoy leyendo, que me involucro en alguna actividad con ella, también que pueda disfrutar de estar a su aire en casa, sin presiones. Si se pasa toda la mañana con niños, no tiene por qué estar toda la tarde con otros. Así que concluyo con el tema de Vicente: quiero ser la madre de mis propios hijos, no la madre de Vicente. Ni de Bart-Chan.

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29 de marzo de 2011

A veces soy la madre de Vicente. ¿Que quién es Vicente? Pues Vicente es…Vicente, el que va detrás de la gente. Vicente es el del dicho: “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”.

Me acuerdo de visitar Salzburgo con unos amigos, españoles por supuesto. Teníamos delante cuatro calles paralelas.

—¿Por cuál tiramos? —les preguntamos.
—¿Dónde va Vicente? —nos preguntaron a su vez, y sin dudarlo, señalaron la única calle que estaba atiborrada de gente.

Por esa calle tiro yo cuando hago de la madre de Vicente. Vago hacia la calle atiborrada de madres, arrastrada por todo lo que proponen los demás.Siempre se trata de ir a algún lado o de hacer algo más: Lee estos tres libros sobre hijos (da igual los que te hayas leído ya). Vente al parque esta tarde, y este fin de semana, de excursión. Únete a este grupo. Invítame a casa, que hace que no voy… Vente a mi casa, que hace que no vienes… Participa en aquel evento. Lleva a tus hijos a esta gran actividad, ¡es gratis! Y bajad a la calle otra vez, que os estamos esperando y os hemos llamado tres veces al telefonillo.

Voy detrás de Vicente y voy detrás de la gente. Y al principio soy feliz. Cuántas cosas estamos haciendo, cuánta gente estamos conociendo, qué bien nos lo estamos pasando. Hasta me siento como una supermadre, rodeada de otras tantas, aunque no les esté prestando ni un ápice de atención a mis hijos, que saltan como monos desquiciados de feria en feria.

Vamos hacemos, más y más. El ser y el estar se quedan atrás en una casa silenciosa, acumulando polvo junto con los cuentos de los niños, que ya no tenemos tiempo de leer porque llegamos demasiado tarde a casa, cada día más cansados y malhumorados. Los platos se apilan en el fregadero, la nevera se empieza a vaciar, las cestas de ropa sucia se desbordan. Pero aunque estas cosas me empiecen a molestar, no me reclaman tanto como el ser y el estar. Son ellos los que me susurran cuando noto que hablamos menos en familia, que ya no se respira serenidad en este hogar: —¿De quién eres madre? La última vez que miramos en el libro de familia, el nombre de Vicente no constaba.

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13 de marzo de 2011

Son los fines de semana como éstos cuando me hago una taza de té y me siento al lado de Superviviente para charlar. Y quizás lo haga hasta varias veces por día, dependiendo de la gravedad del asunto. Ya lo sé, Superviviente es una planta, pero es una planta adulta, y necesito adultos en mi vida en ocasiones como éstas.

Son los fines de semana cuando To tiene que viajar por trabajo, sobre todo en temporadas cuando son varios fines de semana seguidos, con semanas muy intensas de trabajo de por medio cuando tampoco nos vemos mucho.

Cuando está fuera, pienso que me apaño bien. Ya a estas alturas me había vuelto a inflar el delirio de “en realidad soy Supernanny” e iba a escribir una entrada sobre cómo manejar tu casa y tus preescolares cuando estás sola. Idioteces como cocinar platos sencillos que te duren los tres días, programar una salida por día, tener a mano actividades especiales para hacer con los niños en casa…

Pero éste no es sólo un fin de semana de esos triunfantes imaginarios, es un fin de semana cuando se ponen malos. Y, seamos sinceros, se ponen malos el 90% de las veces que viaja To. O se abren una brecha en la cabeza. O te despiertan cinco veces por noche.

Pero lo peor de lo peor es cuando se ponen malos, y no puedes salir y te estás volviendo francamente majareta: ya has utilizado todas esas ideas fantásticas Supernanny en el espacio de la primera hora, el potaje sencillo te lo estás comiendo tú sola porque ellos se niegan y acabas sacando una pizza y regodeándote en la grasa, y no te apetece contestar una sola pregunta más sobre Rayo McQueenel origen del universo, si Papá va a traer chucherías, o por qué Maléfica tiene dos cuernos en la cabeza. Para colmo, tu madre no vive a la vuelta de la esquina, ni tampoco tu suegra, ni tus hermanos, ni tus cuñados, y todos tus amigos están ocupados en sendas actividades de fin de semana.

Cuando me siento a charlar con Superviviente, el sol está brillando, invitándome a salir de estas cuatro paredes, invitándome a escaparme de mi barrio de ladrillo y cemento, invitándome a descubrir la primavera…pero no hay quien salga de casa porque Pin acaba de vomitar y le duele todo: el oído, la garganta, la tripa, la cabeza. Aún así, consigue seguir jugando y hacerme preguntas…hasta el infinito y más allá.

Claro que me siento mal por ella, pero también soy egoísta y pienso en mí misma. Y en el concepto de fin de semana y lo que significa para gente occidental y egoísta como yo, lo que significaba para mí en días pre-mother.

Es cuando me hace mucho bien enfocarme en Superviviente y en su vida confinada.

–Superviviente, ¿cómo lo haces? Siempre aquí sin moverte. Si apenas puedes ver por la cortina. Eres una planta y perteneces a la naturaleza. ¿De dónde vienes? ¿No te gustaría estar meciéndote en el viento? ¿No te gustaría sentir cómo tus raíces se extienden más allá de los confines de una maceta de plástico? ¿No te gustaría estirarte hacia el sol?

Me hace bien hablar con ella y tomarme mi té. Nunca me reprocha el hecho de estar metida en mi casa en una maceta cutre. Nunca me reprocha que a veces se me olvide regarla. Nunca me reprocha el estado de la casa o mi estado de ánimo. Es mi símbolo de supervivencia en tiempos adversos. Está claro, este fin de semana, como ella, soy mártir.

Sobre todo cuando llega mi hijo de tres años, me acaricia y me dice: –Qué suave eres, Mamá. Me gustas mucho. Me gustan tus gafas azules y me gustan tus labios rojos… ¿Qué haces hablando con la planta?

Lo siento, Superviviente, pero, en efecto, ¿qué rayos hago hablando con una planta? Para terapia,¡comerme a este niño a besos!

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01 de febrero de 2011

Hoy sueño con el Caribe.

Hoy, que cuando he salido a tender la ropa en la terraza, se me han quedado los dedos sin sentido.

Hoy, que para estar escribiendo aquí en mi ordenador tengo que tener una estufa encendida a un palmo de los pies para seguir con vida.

Hoy, que he hecho otro caldo de pollo para los miembros enfermos de mi familia – es decir, todos (menos Superviviente, por algo se llama así).

Hoy, que To sale a trabajar tosiendo con la bufanda atada al cuello y vuelve tosiendo y se acuesta con la bufanda atada al cuello.

Hoy, que tengo que tener una hoja de cálculo en la nevera para llevar la cuenta de las medicinas que nos estamos tomando cada uno.

Hoy, que ni uno podemos pronunciar una frase completa sin bautizar al que tenemos delante con un estornudo, sonarnos la nariz estrepitosamente o encandilar a los demás con nuestros gorjeos.

Hoy, que llevamos más de dos semanas así de moribundos.

Hoy he buscado las Bahamas en Internet y rondan entre 24 y 30 grados a pleno sol. Se me quitarían todos los males del cuerpo. No tendría que tender ropa porque sólo iría en bañador. Me olvidaría de ordenadores y estufas. En vez de caldo de pollo, me inflaría a marisco y bebidas tropicales. To se pasearía con la toalla al cuello en vez de la bufanda, y nuestro amor sería toda la medicina que necesitáramos. ¿Demasiado cursi? Espérate, que tengo una mejor: no se nos interrumpiría ninguna frase porque con darnos la mano sería suficiente. (¡Jajajaaaa!) ¿Los niños? ¡Ah, sí! Ahí a lo lejos disfrutando con su cubo y sus palas.

Hoy he buscado las Bahamas en Internet y he visto que para salir mañana, tendríamos que pagar 1.200€ por adulto.

Pero eso no me preocupa, porque ya se ha encargado Don José Mota-Rubalcaba en dejarlo todo claro: “Dinero lo que se dice dinero, tié que haber. En las rendijas que dejan los cojines en los sofás”.

Así que ya que se anima al ciudadano a la hurgatoria, voy a intentar hurgar en algo que no sea mi nariz, a ver si hay suerte para el Caribe.
Especial Nochevieja de José Mota 2010 – Algo \’tié\’ que haber


 

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