Por qué engordamos cuando tenemos hijos

Algunos dicen que es la curva de la felicidad. Otros dicen que no tenemos tiempo para cuidarnos cuando tenemos hijos. Dicen que con cada embarazo sucesivo, cogemos un par de kilos adicionales de manera permanente. Cierto, cierto y cierto. Pero os voy a revelar un gran secreto: en realidad los padres nos volvemos flácidos, desarrollamos mollas, nos volvemos rechonchos, gordinflones y blandurrios…por culpa de las chucherías de nuestros hijos.

Sabréis por entradas anteriores que no soy anti-chucherías. Para botón de muestra, el chocolate que tengo en la foto. Pero también tengo que reconocer que el fenómeno social de las chucherías ya raya en lo patológico.

Semana sí, semana no, Pin vuelve a casa con una bolsa de gominolas porque ha sido el cumpleaños de algún compañero de clase. Si encima toca ir a un cumpleaños esa semana, otra bolsa que se lleva. En algunos casos, dos. El otro día fuimos a una superfiesta de cumpleaños Pin, Pon y yo y salimos con cuatro bolsas de dulces. Vienen amigos nuestros a casa y les traen chucherías; salen a jugar con el vecino, y el abuelo les compra caramelos; piensan, por lo tanto las piruletas crecen en los árboles. Juan Luis Guerra canta que ojalá que llueva café, y yo canto que ojalá deje de llover chucherías.

Me mareo sólo al pensar qué ocurrirá el año que viene cuando Pon empiece el colegio. Tendré que poner una piscinita inflable en casa y en vez de llenarla de bolas de plástico, ir llenándola de los caramelos que traen a casa.

Volvemos a la cuestión: ¿por qué engordamos los padres? Porque sustraemos de sus bolsas. Sí, lo confieso. Lo hacemos. ¿Y por qué no tiramos las chucherías? No podemos. Tiene que ver con nuestra infancia (no necesito psicólogo, es evidente).

Comparamos la superabundancia caramélica de nuestros hijos pijos a nuestra propia infancia feliz y normal. Cada domingo me daban cinco o diez pesetas para gastar en la tienda de chucherías. Era una casa baja particular con una ventana grande que daba a la calle. Con el duro golpeabamos la ventana hasta que aparecía una viejecita con un moño mal colocado, empujaba la ventana hacia arriba a trancas y barrancas con la poca fuerza que le quedaba, y le pedíamos nuestro Palote de fresa y nata o nuestro regaliz rojo. Y esa era nuestra chuchería para la semana. Porque en el colegio, algunos niños traían bolsas para distribuir en sus cumpleaños, pero como mucho nos tocaban un par de caramelos. Y a fiestas no íbamos todos los días. En aquellos días, no llovía chucherías. Si teníamos el lujo de recibir un lote de dulces, lo guardábamos en casa en nuestro rincón particular. Bueno, a mí no se me daba muy bien aquello de guardarlos meses y meses, pero me acuerdo de la bolsa azul de mi hermano, siempre llena de gominolas hechas una piedra de tanto ahorro.

Este concepto de bolsa y ahorro lo he incorporado en nuestra propia casa, pero hasta ahora nunca he entendido el peligro que encierra para los padres. Tengo una bolsa para Pin y otra para Pon, y caramelo que entra, caramelo que distribuyo. Los chicles los tiro directamente, pero eso es tan sólo un cinco por ciento del cúmulo general. De hecho, tengo una teoría particular, que las chucherías se reproducen solas dentro del armario, porque aunque mis hijos coman alguna una o dos veces por semana, aquello no deja de multiplicarse. Y su ingestión no supera la velocidad de multiplicación. He aquí el peligro.

Sin querer, acabamos robando chucherías de sus bolsas. Por la noche, en la oscuridad, cuando se mueven sigilosos estos bandidos, Nova y To:

—Ay, ¿te apetece una gominola ácida?
—¿Tenemos?
—Los niños tienen un montón.
—Venga, trae un par, que no se van a enterar.
—Es por su bien.
—Y por el nuestro. Ha sido un día largo.

Lo siento, hijos, pero es cierto: vuestros padres son cacos, y encima de los de pésima justificación. Pero nos arrepentimos y estamos enmendando nuestros caminos, sobre todo al observar nuestros michelines. En definitiva, la solución al exceso de chucherías no es el hurto.

Frenemos entre todos este fenómeno social. Me da igual el remedio. Hacer una quema pública del petróleo de las golosinas. Volver a la peseta. Dejar de plantar árboles de piruletas. Ya me diréis.

Foto árbol piruletas: Rynnah in Singapore
      

1198

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

 
404 Not Found

404 Not Found


nginx/1.10.3