La muerte violenta de Hipo

Nunca pensé que acabaría así. Creo que en el fondo pensaba que Hipo, el muñeco-hipopótamo rosa de mi hija, se desintegraría paulatinamente a lo largo de los años de tanto amor, dejando atrás tan solo el corazón de plástico.

Hoy se le ha olvidado a Pin en el parque, y hemos hecho vida durante unas horas sin Hipo. Cuando ha querido acostarle (ella no se echa la siesta, pero él sí), no lo hemos encontrado en ninguna parte de la casa.

Cuando han bajado Pin y su padre al parque, han encontrado los restos mortales de un Hipo rajado – quién sabe si colgado primero – embutido de tierra y gravilla, y con las tripas distribuidas a los cuatro vientos. Me alegro de que no me invitaran al ritual.

(Los trocitos de plástico son de la caja y cascabel que lleva dentro.)

Pin estaba un poco triste, pero no lloró. Al fin y al cabo, Hipo seguía sonriendo, y los padres son expertos en operaciones y resurrecciones, ¿no? Me temo que con mis rudimentarias habilidades de costurera, Hipo no va a quedar igual, pero os enseñaré mi intento en otra entrada.

Sin embargo, lo que han hecho estos niños en el parque me resulta algo desconcertante. Por un lado pienso, “¡Bah! ¡Son niños! Así son los niños o adolescentes”. (Bueno, podría haber sido alguna madre infeliz desestresándose, a saber…) Y solo es un muñeco, al fin y al cabo. Pero es que no es solo eso: el otro día me entristeció ver que el delfín balancín ya está tuerto, cuando el parque solo se ha estrenado hace un mes, y que dos niños ya mayores estaban abusando de uno de los columpios (que tenía pinta de romperse de aquí a poco). Me pregunto si damos por sentado que nuestros niños sean destructores. ¿Qué les estamos enseñando, ya sea por activa o por pasiva? O mejor dicho, ¿qué maestros estamos permitiendo que les enseñen? Y aquí no me refiero a los maestros del colegio, sino a la Señorita Televisión, Don Videojuego, Mister Internet y todos los que se os ocurran nombrar – los canguros tan oportunos que los vigilan mientras nos ocupamos en otros asuntos.

Hace unos años, perdimos a Hipo en otro lugar. Lo encontramos horas después sentadito, con los brazos cruzados, en un poste en medio de un aparcamiento. Todo tuvo que ver con quién lo había encontrado y qué concepto tenía de ciudadanía básica. O mejor dicho, de humanidad básica. Aunque fuera un adulto, da igual, porque realmente pienso que un niño educado sería capaz de hacer lo mismo.

¿Queremos seguir criando destructores? Por ocupados, agobiados, cansados que estemos, creo que vale la pena esforzarnos para que nuestros hijos sean de los que dejan al muñeco esperando plácidamente a su dueño.


      

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