Etiqueta en el autobús: las verdaderas valientes

Miércoles, 20,15h. En la parada de autobús en pleno centro de la ciudad. Con Pin y Pon y mi barrigota de seis meses. Y el carro. Pin y Pon nerviosos, se empujan, se ríen, arman ruido. Sé que están así porque no han merendado bien, necesitan cenar y ha sido un día muy largo, así que no intervengo porque no se están matando, todavía, y pienso que no estamos molestando demasiado a los que esperan en la parada. Una señora mayor inmaculadamente vestida, peinada y maquillada los observa, ligeramente divertida, y después me dice: –Qué valiente eres, llevando a los dos en autobús a esta hora.

–Es muy mala hora– concuerdo.

Pero de valiente nada. Toca lo que toca, y no tengo otra manera de llegar a casa, ni estoy en el centro porque lo desee.

Sin embargo, ya en el autobús, me doy cuenta por enésima vez de quiénes son las verdaderas valientes. Os lo contaré para ver si concordáis: las mujeres que se sientan en los asientos reservados – y no se inmutan – cuando estoy delante. Con el bombo a un palmo de sus narices.

El año pasado se descubrió a través de encuestas que la mayoría de la gente no cede el asiento en el autobús porque no están seguros si la mujer está embarazada o gorda, y les da vergüenza preguntar.

Pero no es mi caso ni el de las valientes que menciono. Porque no se trata sólo de mi bombo. Se trata de que estoy con Pon en el carro y con Pin colgada de mi pierna. Y yo delante, justo delante de la mujer en el asiento de uso preferente, manteniendo el equilibrio cual paquidermo. Debo confesar, para vergüenza mía, que a medida que crece la tripa, también crece el morro. Tengo morro por estar embarazada, y quiero sentarme no porque sea minusválida, sino porque me lo pide el cuerpo. Y también me lo pide la niña que tengo colgada de la pierna, que se tropieza cada vez que gira el autobús.

¿Por qué digo que las valientes son mujeres? Siempre son mujeres. Mucho nos quejamos de los hombres, pero casi siempre ofrecen el asiento, tengan la edad que tengan – y esté situada donde esté situada. Las del asiento de uso preferente son mujeres de todas las edades: mozuelas, madres, matriarcas. Muertas de cansancio lo más seguro, lo reconozco, y en su derecho relativo: “Rita, Rita, lo que se da no se quita. El que fue a Sevilla, perdió su silla”, etc.

Pero miento con lo de que no se inmutan. Conteniendo la sonrisa, las observo detenidamente. Un leve grado de culpabilidad hace que giren la cabeza imperceptiblemente hacia la ventana, lentamente para que no me dé cuenta. Endurecen la mirada. Sus manos aprietan el bolso con más fuerza (por si, ya puestos, se lo quito también). Y observan la vista desde la ventana con toda minuciosidad porque no me ven, está claro que no me ven. Ni el bombo ni el carro ni los dos preescolares. Porque no soy Supernanny, pero sí soy Superinvisible, por el bien de la humanidad.

Yo me planto justo delante con mi morro y mi tripa, por si acaso se abre el telón de la invisibilidad, por si funciona la presión psicológica, por si les llegan a caer bien mis querubines, por si acaso logramos aplastar todos juntos a esta víctima en uno de los frenazos del conductor. Pero ellas permanecen inmóviles cual estatuas de sal, viendo un atardecer inexistente por la ventana.

Estoicas y valientes, no ceden.

Chapó.

      

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