El Gato Pelado

Desde hace unas semanas hay un intruso en la casa que nos hace la vida imposible.

Todo empezó con una bibliotecaria demasiado buena (que nadie le quite mérito). Cierto día soleado Pin visitó la biblioteca del barrio con su clase. Y la bibliotecaria les contó un par de cuentos. Pin me contó los dos, pero incidió en el segundo con los ojos redondos, redondos. Se trataba de un pollito muy pequeño, suave y amarillito que desgraciadamente se veía continuamente en peligro por el Gato Pelado, que cada vez que acechaba, decía, “¡Maramamiau!” Me dijo Pin que se había asustado, que no le había gustado el cuento; hablamos un rato, y no le di más importancia.

Esa noche se despertó chillando porque venía Gato Pelado. Logramos tranquilizarla pero se volvió a despertar tres veces con pesadillas.

Al susodicho lo busqué en Internet y me encontré con este gato siniestro. Más tuvo que impresionar si la que contaba el cuento tenía dotes dramáticas, que parece que así había sido.

El dichoso Gato Pelado siguió despertando a Pin durante cuatro noches sucesivas.

Pero la historia no termina allí, porque Pin también es muy buena bibliotecaria. Se le ocurrió contarle el cuento a su hermano con toda la intriga y dramatización y “maramamiaus” posibles, y Pon acabó como si hubiese visto al gato en sus propias carnes.

Ya os cuento que han pasado semanas desde aquello.

Durante la última semana y media no hemos dormido muy bien. Nos hemos tenido que levantar una media de dos veces por noche por accidentes en la cama, mocos que no dejan respirar, un vaso que hay que rellenar o cualquier tema relacionado a la salud de nuestros hijos. O no.

Noche sí, noche no, es porque nuestro amigo Gato Pelado sigue amenazando, ya sea a uno o a otro.

El otro día, ya hasta el moño de no dormir, le pillé por banda a Pin en la merienda.

–Pin, ¿sabes qué? Ya que no puedo ir yo al Caribe, le he dicho a Gato Pelado que haga las maletas y se vaya él a la playa, al Caribe. Y me ha dicho que muy bien, que tenía ganas de cambiar de aires. Así que me he despedido de él y se ha ido muy contento.
–Pero, Mamá, si me dijiste que no existía, que sólo era un cuento.
–Ya, pero como seguís hablando de él, éste es otro cuento que te cuento yo.
–¿Y ya no va a volver?
–No, dice que está en la gloria tomando el sol, que no le apetece volver en absoluto, y que además, se va a convertir en un gato bueno. Mira, lo dice en esta postal.

El caso es que empezamos a jugar a que mandábamos postales a Don Gato Pelado, y Pin le decía las cosas malas que había hecho, y él escribía de vuelta pidiendo perdón y ella le perdonaba. Tuve que acabar la sesión después de veinticinco postales porque mi imaginación ya no daba para más. Pin se quedó muy contenta, y yo más, porque pensaba que era la madre guay que había acabado con su pesadilla.

¡Ilusa! Las Supernannies no existen, tampoco las supermamis.

Hoy por la tarde. Hora de la siesta. Me encuentro a Pin en el sofá, la cabeza tapada con una manta y llorando a moco tendido. No hay manera de hacerla asomar.

–¡Tengo miedo!
–Pero ¿de qué? ¿Qué pasa?
–¡¡¡El gato!!!
–Que ya te he dicho que el Gato Pelado…
–¡Es que no es Gato Pelado…es otrooooo!

      

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