Criando una panda de maleducados

El otro día mi madre, con muy buenos modales, me llamó la atención sobre una de las actividades preferidas de nuestros hijos, Pin y Pon.

—Sí, les saqué un par de fotos con las zapatillas nuevas. La única que salió bien, pues…es que…(risilla)…salen los dos hurgando con el dedillo en la nariz.

—Fíjate —contesté—. ¡Qué sincronización! ¡Qué ingenio! ¡Mira que salir los dos haciendo el mismo gesto a la vez!

Media hora después me di cuenta de que no era cuestión de ingenio, sino de mala educación. Madre mía, pensé, si soy hija de mi madre, esto no les puede pasar a mis hijos.

Pero la reeducación es difícil, creedme, más difícil de lo que parece. Nacen pequeños bárbaros y para ellos, en su mente salvaje, estos gestos que tanto ofenden, son cuestión de orgullo. Llega Pon con un ejemplar pegado al dedo, diciéndome:

—Mira, Mamá, mira qué gande mi mosquito, ¿dónde lo pongo?

Y le digo que no sea guarro, que vaya a por un pañuelo, pero si en el fondo, le comprendo: es una hazaña que haya logrado sacarse algo tan grande con ese dedo cortito y gordo como única herramienta en su expedición de espeleología nasal.

Bromeo, por supuesto, pero la lucha no es broma, porque son tantos los gestos, que se te escapa alguno – te los encuentras lamiendo el cuchillo y clavándolo después en el bote de mermelada, abriéndose el pantalón en público para inspeccionar que todo anda bien por ahí abajo, estornudándote en toda la cara por si no te ha dado tiempo a ducharte, y lo mismo les da salir a la calle con la cara untada de chocolate que lucirla impoluta (miento: prefieren la cara untada)…y ni hablemos de las cosas que se les ocurre preguntar o decir en público.

A mi hermano y a mí, mi madre nos mandaba leer un libro sobre modales del siglo pasado cuando transgredíamos alguna norma importante. Recuerdo que a mi hermano le ponía de los nervios ese libro, pero a mí me encantaba porque saltaba directamente al capítulo sobre el protocolo en un baile, y lo tenía todo memorizado sin darme cuenta de que lo habían sacado directamente de Orgullo y prejuicio y que jamás tendría la oportunidad de practicar dichos pasos de etiqueta.

Por cierto, he encontrado una página web que me recuerda a este libro de mi niñez, protocolo.org. En ella podréis encontrar perlas como ésta: “Es una imperdonable grosería el separar del pan parte de su miga, para traerla entre las manos y formar pelotillas y arrojarlas a las personas o hacia cualquier otro objeto, este es un acto tal, que no se concibe pueda verse jamás ni entre personas de la más descuidada educación”.

En fin, ya que mis pequeños inocentes todavía no saben leer, supongo que lo que más cuenta es el ejemplo. Así que perdonad que eructe y me saque esta hebra de espinacas de entre los dientes y la forme en pelotilla para arrojárosla porque… ¿qué pensabais, finolis, que iba a pasar desapercibido vuestro bostezo estrepitoso y maleducado?

      

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