29 de abril de 2013
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Nina Levy es una madre entre otras que cada noche les prepara la merienda del día siguiente a sus hijos de cinco y nueve años. Con una pequeña diferencia, ya que es artista. Después se queda una hora o dos adicionales dibujando en la servilleta que también incluye con el menú.

Durante más de cinco años y medio, sus hijos han abierto sus meriendas en el colegio y se han encontrado con un mensaje de su madre combinado con perros superhéroes, Angry Birds, el Caballero Oscuro con un osito de peluche, zombis amistosos o Yoda, según la inspiración del momento. En un artículo que apareció en el New York Times, Levy calcula que a estas alturas son más de unas 2.000 servilletas.

Podéis ver las servilletas de Levy, escultora en Nueva York, en su blog.

Ahora confesadlo, ¿a que más de uno habéis dibujado en la servilleta de la merienda?

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24 de abril de 2013

Atarse los cordones, hacer pipí en un orinal, utilizar un cuchillo para cortar la carne, poner coladas, vaciar el lavavajillas, reservarnos un hotel de escapada: son decenas de hábitos que vamos practicando con nuestros preescolares para que se valgan por sí mismos. Luego hay otra serie de hábitos que damos por sentado que irán brotando de sus corazoncitos y no nos molestamos tanto en ensayar. Las gracias y por favor, hasta ahí solemos llegar. Pedir perdón o perdonar ya es más raro. Quizá pensemos que practicar el trato con los demás es encorsetarles o criar pequeños hipócritas. Personalmente me preocupa más que Pon aprenda a respetar a sus hermanas que a resistir la espeleología de su nariz, por mucho que domine este último deporte.

Está claro que sí que tengo amigos que son padres perfectos y lo engloban todo, como os he dicho en otras ocasiones. Mis hijos tienen unos compis que cuando nos despiden en la puerta de su casa, poco les falta por sacarnos la alfombra roja: —Gracias por venir a mi casa. Nos lo hemos pasado muy bien. A ver cuándo volvéis.

La primera vez que les escuché me sobresalté y miré en los rincones del recibidor para ver si había alguna grabadora y hacían playback pero realmente se trataba de sus propias vocecitas repletas de cortesía.

Yo me rompí la cabeza de vuelta a casa pensando en por qué mis hijos maravillosos no hacían lo mismo por pura imitación, pues nosotros somos padres que nos hacemos los majos e intentamos despedir así a la gente que pasa por nuestra casa. La osmosis tendría que ser suficiente, ¿no?

Un buen día vi a la sabia Mujer Maravilla practicando unas frases con sus hijos con total antinaturalidad. Es verdad que ya in situ el pequeño las repitió como un loro pero la mayor las dijo con sinceridad. Los modales también se ensayan. Si bien puede existir algo de hipocresía en algún momento (y cuántos adultos farfullamos los “buenos” días), prefiero que mis hijos se entrenen en respetar y querer a los demás de manera tangible.

Últimamente al manifestarse más la personalidad de cada hijo leo más sobre tipos psicológicos. Algo que leo repetidamente es que si los introvertidos queremos avanzar en terrenos sociales (habitualmente dominados por extrovertidos), necesitamos practicar hasta que nos sintamos cómodos.

Llevándolo al terreno de los hijos, les hacemos un favor, sobre todo a los introvertidos, cuando les preparamos para situaciones concretas que tengan que ver con modales, trato social, conversación…

—Vamos a una boda. En la boda, todo el mundo tiene mucho interés en ver a los novios casándose, así que vamos a estar callados y ver lo que hacen. También podéis pintar, podéis llevar un libro, pero vamos a estar allí un rato en la iglesia en silencio. Luego gritaremos: “¡Viva los novios!” ¡A ver cómo lo hacéis!

O, unos días antes de que venga un invitado especial que no conocen: —Va a venir el Sr. XXX. Es de otro país: podemos preguntarle por su país, podemos hablarle del nuestro. ¿Podéis hacer algún dibujo de nuestra ciudad para que se lleve un recuerdo? En su país se saluda así, con la mano. Mirad qué divertido: vamos a ver cómo lo hacemos nosotros,” etc.

Cuando llega esa situación, la disfrutan porque ya no se sienten extraños, saben cómo comportarse, y se ha borrado parte de su timidez. Al final aprender ciertas reglas de comportamiento no es cuestión de limitarles, sino de darles esa libertad para que vean cómo pueden disfrutar con otros, ya sean de su edad o mayores.

¿Qué modales habéis practicado o practicaríais con vuestros preescolares?

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11 de abril de 2013

Dominique White es fundadora de Little Fingers First, un espacio cultural que promueve la literatura infantil en inglés. También es madre bloguera en Dicho de otra manera, un blog bilingüe mensual sobre temas de interés para familias interesadas en fomentar el inglés entre los más pequeños.

Dominique, nos gusta preguntar primero a todas las madres que entrevistamos: Yo no soy Supernanny, ¿tú que super NO eres?

Pues creo que… ¡yo aún no soy Flexi-Woman! Aunque definitivamente tener dos niños pequeños (3 y 7 años) me está ayudando a ser más flexible y menos exigente con mis objetivos diarios.

Me llegan actividades de lo más interesantes de Little Fingers First: visitas guiadas a museos, book parties, sesiones en inglés en una peluquería infantil… ¡Lástima que de momento vivamos lejos! ¿Con cuánta frecuencia realizáis eventos de este tipo en Madrid?

Durante el año escolar organizamos actividades culturales como visitas guiadas a museos o cuentacuentos abiertos al público en ludotecas con bastante frecuencia (1 ó 2 veces al mes). El objetivo principal es demostrar que cualquier niño español con un mínimo nivel de inglés puede divertirse haciendo una actividad de ocio 100% desarrollada en su segunda lengua, en este caso el inglés. En Little Fingers First creemos que es muy importante que los niños sepan que el inglés no es solamente una asignatura más en el colegio; es un idioma que se emplea en muchos contextos hoy en día. Debemos ayudarles y exponerles al inglés todo lo posible para que cuenten con esta importante herramienta idiomática en el futuro.

Entiendo que una de las actividades más demandadas, y así se explica en la página web, es la denominada book party. Explícanos en qué consiste.

Tenemos dos tipos de book party, la particular y el formato evento público. Cuando hacemos una book party particular nos desplazamos a una casa a petición de los anfitriones para hablar de los libros en inglés más adecuados para sus hijos y los hijos de los padres invitados a la cita. Llevamos una amplia gama de libros en inglés de contrastado éxito entre niños. Muchos ejemplares incluyen soporte digital para ayudar tanto a padres como a niños a familiarizarse con el inglés. Este asesoramiento individual es fundamental y muy bienvenido por los padres que no dominan el inglés y necesitan orientación a la hora de elegir los libros más adecuados en edad y temática para fomentar en sus hijos un aprendizaje precoz de dicha lengua.

Los book party públicos son eventos con un aforo limitado que celebramos en ludotecas o centros de ocio infantil. Solemos aprovechar el lanzamiento de un libro nuevo por algún autor que encontramos especialmente interesante o un acontecimiento cultural anglosajón para organizar un evento que puede incluir también cuentacuentos, canciones, manualidades y juegos en inglés para niños principalmente entre 3 y 8 años de edad. Siempre existen ejemplares de libros a la venta para continuar la “fiesta” en casa.  En definitiva, cuanto más expuestos estén, más cómodos se sentirán en el futuro en cualquier actividad desarrollada en inglés.

¿Hay que ser miembro de Little Fingers First? ¿Cómo nos beneficiamos de estas interesantes actividades y oportunidades culturales?

Por el momento no tenemos un club de socios aunque lo tenemos en mente teniendo en cuenta la buena aceptación de todas nuestras actividades. Podéis seguirnos a través de nuestras páginas web. La asistencia es voluntaria, flexible, estamos siempre ahí adecuándonos a las necesidades de padres e hijos. Muchas “book parties” suelen incluir descuentos adicionales en la compra de libros de literatura infantil en inglés.

Personalmente, ¿cómo describirías tu particular odisea en el mundo bilingüe con tus dos hijos?

Es un mundo lleno de experiencias enriquecedoras y momentos inolvidables. Mis hijos tienen la gran suerte de poder elegir entre describir su gusto por un nuevo libro con palabras como “¡eso mola!” y “that’s fab!”. Están en proceso de convertirse en niños bilingües asentados en España… así que te pueden responder indistintamente en inglés o castellano mientras añoran el verde de Gran Bretaña, muestran su pasión por “la roja” o se deshacen en elogios hacia la comida española.

¿Algún consejo que nos puedas dar a nivel de preescolares, sobre todo a madres que están deseando que sus hijos sean lo más bilingües posible?

Debe ser un proceso de aprendizaje y diversión continuos donde es importante buscar situaciones de ocio dirigidas en inglés. En Madrid hay ofertas de todo tipo: danza, yoga, música en inglés para niños a partir de 6 meses, talleres de cocina o manualidades, todo 100% en inglés pero muy accesible. Aunque los niños pre-escolares apenas balbuceen aún el idioma, son como esponjas que lo absorben todo y que de todo aprenden. Exponer al inglés a los más pequeños desde una temprana edad es una inversión de tiempo y esfuerzo que merece la pena porque estás ayudándoles a enfrentar su entorno presente y futuro con una mayor naturalidad.

Podéis encontrar información adicional sobre Little Fingers First en su página web y también en Facebook.

Y ahora os toca: ¿cómo van vuestros niños con el inglés? ¿Qué creéis que hace falta para que adquieran más nivel que la mayoría de los españoles en la actualidad?

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12 de marzo de 2013

Es herencia de mis antepasados, un sello que se ha ido imprimiendo de generación en generación y que reza así: No se disfruta de nada hasta que no se trabaje primero y se trabaje bien y hasta el último detalle. No se juega a la pelota hasta que se terminen los deberes. No se echa la siesta hasta que se frieguen los platos. No se ve la tele hasta que se pase la aspiradora. Amén y amén.

Muy bien. Me ha servido. Con una filosofía similar, he conseguido unas cuantas cosas en la vida. De madre primeriza, intenté aplicarla lo mejor que pude. Con otro niño, más o menos también, aunque la interpretación de dicha regla era cada vez más amplia. Con tres…tal vez las aguas del tiempo suavicen ese sello indeleble. Tal vez esté desaprendiendo y reaprendiendo.

Porque el tiovivo de la semana gira y gira.

Y si yo trabajo primero y disfruto después, no me enteraré ni de que había terrones de azúcar en la vida.

Con el agotamiento a cuestas, empiezo a entender que mi renovación es vital e incluso anterior al trabajo puro y duro de cada día. Que mi amor se resquebraja, mi salud mental tambalea, mis fuerzas se abaten cuando no me estoy recreando.

Pero cuando digo recreación, tampoco hablo de ocio, diversión, tiempo libre, ni siquiera descanso.

Por ejemplo, veamos una opción fácil: ver una película o una serie por la noche con mi marido. Apetece. Solo hay que usar un mando a distancia. Recibir con el cerebro hecho papilla y el cuerpo rendido. Me encanta una buena película, pero ¿es lo que más me satisface?

Otra opción fácil, esta tal vez durante el día. Ver qué está haciendo la gente en Facebook. “Conectar”. O no. Cotillear. ¿Me llena?

Otra opción más elaborada: quedar con amigas. (Y las amigas que me lean, que por favor no lo interpreten mal, pues ya he escrito en el pasado sobre cómo disfruto con ellas y me recuerdan que soy humana.) Pero como introvertida moderada en un ambiente tan social, ¿será lo que habitualmente me recargue las pilas?

Muchas revistas te animan a “cuidarte” = comprarte una faldita, pedir un peinado nuevo en la pelu o ir a hacerte la manicura. Pero ¿qué pasa cuando todas estas actividades femeninas, por mucho que te agrade el resultado final…te parecen más bien un mal necesario?

¿Qué es lo que te revitaliza?

Quiero darte una pista: en muchos casos lo que renueva es la reCREACIÓN. CREAR. No simplemente recibir las creaciones de los demás: recibir la película, recibir las conversaciones de los demás o recibir el peinado nuevo.

¿Qué te gusta crear y qué te reCREA a ti? ¿Qué te vuelve a anclar, devuelve el brillo a tus ojos, llena tu pecho de satisfacción, te bien-dice y por ende a los que te rodean?

Te animo a que hagas una lista de qué es lo que te renueva.

No te voy a decir cuántas veces a la semana debes recrearte, ni que debes tener un hobby. Solo te voy a animar a que saques un papel y hagas una lista de qué harías para renovarte si tuvieras el tiempo libre que no tienes. Después, tacha cualquier cosa que realmente no te llene o te emocione. Y finalmente, cuando puedas, empieza a apartar unos minutos de recreación auténtica y avivamiento en tu vida.

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23 de febrero de 2013

Contra todo pronóstico, nos ha salido un hijo jardinero.

Casi todos los días sin falta, trae sendas semillas que encuentra en el patio de su escuela infantil. Las acaricia. Me las enseña. Me las describe aunque esté delante viéndolas con mis propios ojos. Me habla de lo que piensa que va a ser de cada semilla. (Grande su imaginación: piensa que si el sésamo del pan de hamburguesa no tuviera que pasar por un horno antes de llegar a la mesa, lo podría plantar y crecería un árbol de hamburguesas.)

Continúa su ritual. Sale a la terraza del salón y mete las semillas de una en una, contándolas, en un bote vacío de Bonne Maman. Otras las reserva para plantar directamente en los maceteros donde están los residuos de mis experimentos y fracasos de antaño. Entra en casa y llena su botella de agua en el baño. Vuelve a la terraza con su botella y riega su plantío. Vuelve a casa y me da un reportaje detallado: qué plantas están muertas, cuáles tienen pinta de convertirse en árboles, y de qué rincones veremos asomar flores rojas en primavera.

Aunque Pon sueñe con una imposible terraza repleta de sandías, rosas, y una selva entera de árboles de hamburguesa, yo admiro sus intentos en este páramo que es nuestro piso. Padres menos flori-jardi-planti-cultores no le podrían haber tocado: un padre que se ríe de mis inútiles esfuerzos jardineros y que me sugiere plantas de plástico, y la servidora que ha tocado fondo cuando se ha muerto la única planta inmortal que he conocido en mi vida, Superviviente.

Es así; desde que no escribo, tenemos un miembro menos en la familia, y sé que es mea culpa.

Superviviente, estas líneas te las dedico porque la esperanza reside en la próxima generación. Pon tiene un gen verde y no defraudará vuestra especie. Pero ahora, ¿a quién le contaré mis penas y mis alegrías?

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23 de marzo de 2012

Cuando me quedé embarazada de nuestra primogénita, Pin, toda la familia lanzó confeti. Toda menos una persona, la que quería que nos lo tomáramos todo a conciencia (por nuestro bien). La abuela de To.

– ¿Sabéis lo que es un hijo?

– ¿Qué, Abuela?

– Un problema. ¿Y dos hijos? Dos problemas.

Ahora con la tercera, Pun, viendo cómo se le cae la baba a la bisabuela, no ha habido necesidad de darle un codazo y preguntarle si está contenta con los “tres problemas” que hemos traído al mundo.

“Un problema” es una de las muchas etiquetas que se les puede dar a nuestros hijos.

¿Os acordáis de las etiquetas que os han dado a lo largo de la vida? Seguro que os han venido a la mente en seguida por lo menos dos. A veces sólo hace falta que alguien las diga una sola vez para que queden marcadas como con hierro candente. Éstas son algunas de las mías:

“Mira cómo frunce el ceño. Parece una pequeña mofeta.” (No os riáis…“ahora que lo dices…”)

Qué mal vistes. ¿Por qué parecen bolsas todos tus vestidos?” (Y no, no me lo dijeron en el último embarazo sino en la adolescencia, en plena flor de la vida…)

Qué torpe eres; no eres nada agraciada.” (Ahora por fin sabéis por qué no me he fugado con el ballet ruso.)

Está claro que éstas son etiquetas negativas que procuramos evitar, pero también me pregunto sobre las etiquetas positivas que les damos / les dan a nuestros hijos.

¿Son todas las etiquetas positivas, positivas?

¿De qué sirve, por ejemplo, constantemente llamar la atención en cuanto al físico?

“Qué guapo eres.”

“Qué rubia eres y qué ojos tienes.”

Respondedme en los comentarios los que hayáis estudiado psicología. Como simple madre, intento reflexionar sobre cómo hacerle sentir guapa a mi hija mayor sin que sienta que tiene que ser perfecta. Quiero que se sienta aceptada, valiosa, sin más. Quiero enfatizar la belleza interior, a la vez que entiendo la importancia de la exterior.

O aquí tenemos otra manida etiqueta:

“Qué lista eres.”

Se han hecho estudios al respecto y dicen que es contraproducente alabar la inteligencia de nuestros hijos, que es mucho más valioso afirmar sus ganas de trabajar o su esfuerzo.

Conclusión inteligente y guapa: sopesemos nuestras palabras y utilicemos las etiquetas con pinzas.

¿Cómo afirmar a nuestros hijos o preescolares este fin de semana?

Podemos realizar un acróstico, escribir una palabra de afirmación por cada letra de sus nombres y compartir el resultado con ellos. Por ejemplo:

Noble

Amable

Divertida

Ingeniosa

Artística

Mucho mejor darles estas etiquetas y explicárselas que darles una camiseta que diga rebelde o diva, ¿no creéis?

O en mi caso, mofeta torpe y mal vestida. ;-)

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08 de marzo de 2012

Ya son varias noches que To y yo nos miramos y suspiramos:

– Este barco se hunde.

Seguimos sacando cubitos de agua a todas horas, pero se hunde en circunstancias en las que todo converge y hace que la vida sea un esfuerzo inmenso, una saturación a todos los niveles.

Anoche no sólo se hundía el barco, sino que estallaron las fuentes de los abismos profundos de mis adentros, primero porque en medio de mi discurso existencial, To se quedó frito y empezó a roncar. (Esto lo puedo contar porque yo también me he quedado dormida durante algunos de sus monólogos más importantes. La diferencia es que los suyos los pronuncia cada cinco años y los míos se emiten por lo menos una vez al mes. Pero si me echa en cara que lo mío es más grave, siempre le recuerdo que se durmió durante mi primer parto.)

(Es lo que tiene hablar tumbados en la cama con la luz apagada…o esperar el parto ajeno tumbado en una cama. Vuelvo a tomar nota: no tumbarse en los momentos importantes de la vida.)

Y segundo porque mi discurso existencial englobaba demasiado para el tamaño de este corazón de mujer y madre – más o menos, el universo, que no me veo capaz de manejar pero que quisiera controlar por el bien de mi familia. ¿Por qué no ofrecen carreras en eso, la administración del universo?

Confieso que aunque pueda aderezar esta entrada con humor, en ese momento sentía que me tragaba un agujero negro de dicho universo. Miraba hacia atrás con preocupación y veía los errores que había cometido. Miraba el presente con desesperanza. Miraba hacia el futuro con temor.

Pero en lo oscuro del dormitorio, con los ronquidos ambientales de mi marido, me acordé de la letra de un himno antiguo que no había escuchado en años, un himno inspirado en el salmo 90. La letra mira hacia atrás con asombro y recuerda la ayuda de Dios. Mira el presente con seguridad, subrayando que Dios es refugio en la tormenta. Mira hacia el futuro con esperanza, reconociendo que Dios mismo es nuestro hogar.

Con esta letra, una mano tranquila se posó en mi hombro y apagó el grifo de ansiedad que me estaba corroyendo.

Cuanto más se complica la vida, más me doy cuenta de que no puedo ser madre sola. Ni mi inteligencia ni mi intuición son suficientes, ni siquiera la experiencia colectiva de otras madres o de la familia. El apoyo de mi marido es maravilloso, pero a él también se le escapa de las manos. Los expertos, los educadores, los médicos nos pueden hablar de su área de conocimiento. Pero nadie lo engloba todo. Nadie se ha sacado el máster del universo…ni del corazón humano. Él único que cubre mi pasado, presente y futuro de manera íntima, completa, global, universal es mi Creador, también el Creador de mis hijos. Y creedme, su amor supera el que de tanto hacemos alarde, el de madre, pues él mismo es la fuente de ese amor.

Puede que este barco zozobre, pero no va a ninguna parte sin él. Así que en esta noche dejo el cubo, y me voy a la cama arropada en lo que conozco del Dios del universo, que es más que capaz de mantenerlo todo a flote.

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01 de marzo de 2012

Todas tenemos que tener una amiga perfecta. Si no fuera nuestra amiga, nos daría asco, pero como es nuestra amiga, la semiadoramos. En su perfección no es que haga una cosa bien, ni dos cosas bien, sino que lo hace todo – todo – bien.

Yo tengo una de éstas (en realidad tengo varias…me gusta rodearme de la excelencia). La amiga en cuestión es maravillosa y hace cosas maravillosas, entre ellas, cocinar de maravilla (llamémosla la Mujer Maravilla).

Yo a la Mujer Maravilla no la envidio, como os he dicho antes, porque es mi amiga, pero hay algo de ella, algo que cocina, que sí que me vuelve verde de envidia y que me tiene enferma: sus muñecos de jengibre.

Una Navidad la Mujer Maravilla nos regaló una caja toda chula llena de muñecos de jengibre caseros: firmes, sonrientes, de ambos sexos, con sus camisas y sus pajaritas bien puestas, sus vestiditos rosas y sus rizos rubios. No los olvidaremos en la vida. O al menos, no los puedo olvidar en la vida porque mis hijos Pin y Pon no los olvidan en la vida.

A los dos días de comérnoslos todos, Pin y Pon vinieron a consultarme asuntos de vital importancia:

—Mamá, ¿tú sabes hacer muñecos de jengibre?

—Claro—mentí. (No mentí adrede; en mi mente, yo sabía hacerlos porque sabía que tenía un molde de muñeco de jengibre en la balda más alta de la terraza de la cocina, ahí, donde guardo todo lo que uso a diario.)

—¡Bien, bien! ¿Podemos hacer uno, por favoooorrr?

—Pues claro—dije con toda mi magnanimidad navideña y porque soy una madre que lo vale aunque no sea perfecta como la Mujer Maravilla.

Aquel funesto día hace dos años fue nuestro primer intento. Vino una amiga a ayudarme porque vio que necesitaba apoyo. La receta que teníamos para la masa no era la adecuada, o yo no tenía los ingredientes adecuados, y los muñecos nos salieron amorfos. Intentamos decorarlos pero el glaseado nos salió azul pitufo y quedaron ridículos. Hicimos tanta masa que nos aburrimos de hacer muñecos y ya no sabíamos qué hacer con ella y acabamos dejándola caer en boñigas enormes sobre las bandejas del horno. (Semanas más tarde, Pin llevó una de estas boñigas al colegio para el desayuno y la maestra le preguntó, “¿Eso qué es, una tortilla?” “No —respondió mi hija, siempre protegiendo el honor de la estirpe—, esto es una cabeza de jengibre gigante…sin ojos…”.)

Nuestros muñecos de jengibre. Alta cocina. Por Nosoysuperchef.

La Mujer Maravilla será la Mujer Maravilla, pero yo soy la Mujer Cabezota, así que este año me puse manos a la obra con una nueva receta, la del santo recetario por el que jura mi suegra. Como ese libro a ella no le ha fallado, a mí tampoco me iba a fallar.

La masa inicial tenía buena pinta, confieso. Pero por muy bomba que se lo pasaran mis hijos en la cocina, tuvimos algún que otro desliz al confeccionar nuestros muñecos de jengibre.

Cuando terminamos de decorarlos, To pasó a hacer revisión.

—¿Esos qué son, de alguna escena de The Walking Dead?

Mi marido siempre me apoya al cien por cien.

Pero no pienso rendirme jamás. Como veis, me afecta tanto, que me estoy preparando para la Navidad que viene con nueve meses de antelación. Y he encontrado la solución en Internet.

Muñecos de jengibre Ninja. La Mujer Maravilla será perfecta, pero la Mujer Cabezota es un crack.

Lo siento, seremos muy amigas pero a estas alturas no lo puedo remediar: mis JengiNinjas les van a partir las piernas a sus JengiPanolis.

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23 de febrero de 2012

Esta mañana estaba de lo más feliz.

Llevaba casi toda la semana con Pin y Pon en casa por sendas enfermedades y me había atrasado muchísimo con la vida en general. Para colmo, salimos de viaje este fin de semana, y tenía mucho que preparar.

Esta mañana, por primera vez en su corta vida, Pun decidió echarse una siesta larguísima. Y estando las cosas como estaban, yo no iba a despertarla. No, señor.

Así que despaché a Pin y Pon como pude y me puse a hacer de todo como un torbellino. Recogí toda la casa, vacié el lavavajillas, puse colada tras colada, hice la comida, empecé la maletas, hice una tabla de ejercicios (¡sí, yo!), me ¡¡¡duché!!! (llevaba tres días sin poder ducharme por las circunstancias). Perdí la cuenta de todo lo que hice.

Para quien vive otra serie de sensaciones a diario, esto es como una broma, pero para mí fue histórico ver el fregadero vacío. No estaba de compras ni con mis amigas ni en un spa ni en un rincón leyendo ni echándome la siesta ni comiendo un pastel de chocolate ni de vacaciones, pero os aseguro, estaba feliz de la vida.

Consideremos: madre feliz = niños felices.

¿Cómo estaban los niños esta mañana? ¿Más contentos que unas castañuelas?

Pues no. Al principio sí. Pero conforme recibían respuestas cada vez más cortas, más preguntas hacían. Cuanto más les sacaba rápidamente lo que necesitaban, más cosas me pedían. Cuanto más les ignoraba, más trastadas hacían para conseguir mi atención. Acabaron peleándose y llorando.

En esta ocasión: madre feliz = niños infelices.

Ayer, me tiré media mañana entre leerle a Pin que sufría de otitis y darle el pecho a Pun. Os aseguro que no me sentía feliz. Estaba en pijama, no me había duchado, había caos a mi alrededor. No por mis hijas, sino por lo desastroso de las circunstancias, hubiera preferido estar en cualquier lugar que allí mismo en el sofá con ellas.

Sin embargo, ¿estaban felices mis dos hijas? Ya lo creo, sin sombra de preocupación o de infelicidad.

En esta ocasión: madre infeliz = niños felices.

No es difícil llegar a la conclusión que la meta no es la felicidad en sí.

Mi meta, como madre, es el amor.

Si les hubiera amado un poco más esta mañana – si hubiera dejado tan sólo una de “mis” cosas sin hacer, y les hubiera prestado más atención cuando realmente la necesitaban – hubiera tenido niños seguros y, por ende, felices.

Porque ayer mostré amor a mis niñas a pesar de mis sentimientos, tuve niñas felices.

Y por eso, quiero que mi meta sea:

Madre que ama = niños que se saben amados

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04 de febrero de 2012

Sin duda, uno de los mayores talentos de madres con niños pequeños, preescolares o no, consiste en conseguir horas de sueño en circunstancias adversas. Sí, correcto, léase “horas de sueño” y no noches, la utopía.

Los obstáculos para que consiga horas de dicha sin par son múltiples. Está el niño que se mea en la cama. O que mea en el baño pero primero tiene que decírtelo. O que se quita toda la ropa menos los calzoncillos y viene congelado de madrugada para entrar en calor en tu cama.

Está la niña que tiene pesadillas. Que también te avisa cuando utiliza el baño (o que no te avisa, pero la oyes igualmente). Que te despierta para pedirte cacao para los labios o una manzana porque tiene hambre (¡¿?!). O para avisarte que el hermano está durmiendo debajo de la cama.

Está la bebé que cena su leche a lo largo de la noche. O que suspira. O que necesita una caricia. (La madre le atiende en estado puro de sopor; habiendo probado diversos métodos, al final hace lo que diga la reina.)

Están los vecinos. Cuando hace buen tiempo, están los colegas del bar que amenizan la noche. En invierno, está el vecino que le da por toser. O la de arriba que se pasea en tacones a las dos de la madrugada.

Está la madre en sí con sus propios temas, que también tiene que toser, hacer pis, sonarse los mocos, beber agua, sacar otra manta porque tiene frío, dar un antibiótico de madrugada o mirar el reloj otra vez porque teme que se le haya olvidado poner el despertador.

Pero no está sola, no, o al menos no suele estarlo. Está el marido, también con sus temas: sus ronquidos, algún comentario suelto mientras duerme, la pelea por el edredón, o la noche que se acuesta él más tarde, despertándola al acostarse. Pero sobre todo, está el marido y está… el codo.

Yo puedo sobrevivir que Pon se mee en la cama, que Pun necesite pecho tres veces por noche, sacarle alguna medicina a Pin de madrugada, decirle a mi marido ocho veces que se dé la vuelta y deje de roncar.

Pero lo del codo puede conmigo.

No entiendo de dónde viene el reflejo que tiene mi marido mientras duerme. Le da por abrir y doblar el brazo como si estuviera en una playa a punto de tomar el sol tumbado boca arriba. Sostiene ese codo perpendicular a la cama, desafiando la gravedad, señalando hacia el cielo, y cuando ya no puede más, deja que se desplome en mi cara, en plena órbita o en mi sien.

Menos mal que yo también he desarrollado un reflejo karateka que lo prevé y lo desvía. A estas alturas soy mínimo cinturón negro. Pero nerviosa me deja.

Alguna noche he llegado a rescatar mi propia vida cuatro o cinco veces y hasta le he despertado a To para decirle que su codo intenta asesinarme.

Las noches en las que el codo se comporta, me puede dar igual que me despierten otras sendas causas porque al menos no he recibido un martillazo en el cráneo.

Así que si tenéis todo lo demás, pero no hay codo asesino en vuestra vida, dad las gracias por esas noches de calma relativa.

Y To, yo te quiero con el codo y tó, pero si alguna lectora me da una solución, bien que tu codo se puede  ir preparando…

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