23 de marzo de 2012

Cuando me quedé embarazada de nuestra primogénita, Pin, toda la familia lanzó confeti. Toda menos una persona, la que quería que nos lo tomáramos todo a conciencia (por nuestro bien). La abuela de To.

– ¿Sabéis lo que es un hijo?

– ¿Qué, Abuela?

– Un problema. ¿Y dos hijos? Dos problemas.

Ahora con la tercera, Pun, viendo cómo se le cae la baba a la bisabuela, no ha habido necesidad de darle un codazo y preguntarle si está contenta con los “tres problemas” que hemos traído al mundo.

“Un problema” es una de las muchas etiquetas que se les puede dar a nuestros hijos.

¿Os acordáis de las etiquetas que os han dado a lo largo de la vida? Seguro que os han venido a la mente en seguida por lo menos dos. A veces sólo hace falta que alguien las diga una sola vez para que queden marcadas como con hierro candente. Éstas son algunas de las mías:

“Mira cómo frunce el ceño. Parece una pequeña mofeta.” (No os riáis…“ahora que lo dices…”)

Qué mal vistes. ¿Por qué parecen bolsas todos tus vestidos?” (Y no, no me lo dijeron en el último embarazo sino en la adolescencia, en plena flor de la vida…)

Qué torpe eres; no eres nada agraciada.” (Ahora por fin sabéis por qué no me he fugado con el ballet ruso.)

Está claro que éstas son etiquetas negativas que procuramos evitar, pero también me pregunto sobre las etiquetas positivas que les damos / les dan a nuestros hijos.

¿Son todas las etiquetas positivas, positivas?

¿De qué sirve, por ejemplo, constantemente llamar la atención en cuanto al físico?

“Qué guapo eres.”

“Qué rubia eres y qué ojos tienes.”

Respondedme en los comentarios los que hayáis estudiado psicología. Como simple madre, intento reflexionar sobre cómo hacerle sentir guapa a mi hija mayor sin que sienta que tiene que ser perfecta. Quiero que se sienta aceptada, valiosa, sin más. Quiero enfatizar la belleza interior, a la vez que entiendo la importancia de la exterior.

O aquí tenemos otra manida etiqueta:

“Qué lista eres.”

Se han hecho estudios al respecto y dicen que es contraproducente alabar la inteligencia de nuestros hijos, que es mucho más valioso afirmar sus ganas de trabajar o su esfuerzo.

Conclusión inteligente y guapa: sopesemos nuestras palabras y utilicemos las etiquetas con pinzas.

¿Cómo afirmar a nuestros hijos o preescolares este fin de semana?

Podemos realizar un acróstico, escribir una palabra de afirmación por cada letra de sus nombres y compartir el resultado con ellos. Por ejemplo:

Noble

Amable

Divertida

Ingeniosa

Artística

Mucho mejor darles estas etiquetas y explicárselas que darles una camiseta que diga rebelde o diva, ¿no creéis?

O en mi caso, mofeta torpe y mal vestida. ;-)

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08 de marzo de 2012

Ya son varias noches que To y yo nos miramos y suspiramos:

– Este barco se hunde.

Seguimos sacando cubitos de agua a todas horas, pero se hunde en circunstancias en las que todo converge y hace que la vida sea un esfuerzo inmenso, una saturación a todos los niveles.

Anoche no sólo se hundía el barco, sino que estallaron las fuentes de los abismos profundos de mis adentros, primero porque en medio de mi discurso existencial, To se quedó frito y empezó a roncar. (Esto lo puedo contar porque yo también me he quedado dormida durante algunos de sus monólogos más importantes. La diferencia es que los suyos los pronuncia cada cinco años y los míos se emiten por lo menos una vez al mes. Pero si me echa en cara que lo mío es más grave, siempre le recuerdo que se durmió durante mi primer parto.)

(Es lo que tiene hablar tumbados en la cama con la luz apagada…o esperar el parto ajeno tumbado en una cama. Vuelvo a tomar nota: no tumbarse en los momentos importantes de la vida.)

Y segundo porque mi discurso existencial englobaba demasiado para el tamaño de este corazón de mujer y madre – más o menos, el universo, que no me veo capaz de manejar pero que quisiera controlar por el bien de mi familia. ¿Por qué no ofrecen carreras en eso, la administración del universo?

Confieso que aunque pueda aderezar esta entrada con humor, en ese momento sentía que me tragaba un agujero negro de dicho universo. Miraba hacia atrás con preocupación y veía los errores que había cometido. Miraba el presente con desesperanza. Miraba hacia el futuro con temor.

Pero en lo oscuro del dormitorio, con los ronquidos ambientales de mi marido, me acordé de la letra de un himno antiguo que no había escuchado en años, un himno inspirado en el salmo 90. La letra mira hacia atrás con asombro y recuerda la ayuda de Dios. Mira el presente con seguridad, subrayando que Dios es refugio en la tormenta. Mira hacia el futuro con esperanza, reconociendo que Dios mismo es nuestro hogar.

Con esta letra, una mano tranquila se posó en mi hombro y apagó el grifo de ansiedad que me estaba corroyendo.

Cuanto más se complica la vida, más me doy cuenta de que no puedo ser madre sola. Ni mi inteligencia ni mi intuición son suficientes, ni siquiera la experiencia colectiva de otras madres o de la familia. El apoyo de mi marido es maravilloso, pero a él también se le escapa de las manos. Los expertos, los educadores, los médicos nos pueden hablar de su área de conocimiento. Pero nadie lo engloba todo. Nadie se ha sacado el máster del universo…ni del corazón humano. Él único que cubre mi pasado, presente y futuro de manera íntima, completa, global, universal es mi Creador, también el Creador de mis hijos. Y creedme, su amor supera el que de tanto hacemos alarde, el de madre, pues él mismo es la fuente de ese amor.

Puede que este barco zozobre, pero no va a ninguna parte sin él. Así que en esta noche dejo el cubo, y me voy a la cama arropada en lo que conozco del Dios del universo, que es más que capaz de mantenerlo todo a flote.

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01 de marzo de 2012

Todas tenemos que tener una amiga perfecta. Si no fuera nuestra amiga, nos daría asco, pero como es nuestra amiga, la semiadoramos. En su perfección no es que haga una cosa bien, ni dos cosas bien, sino que lo hace todo – todo – bien.

Yo tengo una de éstas (en realidad tengo varias…me gusta rodearme de la excelencia). La amiga en cuestión es maravillosa y hace cosas maravillosas, entre ellas, cocinar de maravilla (llamémosla la Mujer Maravilla).

Yo a la Mujer Maravilla no la envidio, como os he dicho antes, porque es mi amiga, pero hay algo de ella, algo que cocina, que sí que me vuelve verde de envidia y que me tiene enferma: sus muñecos de jengibre.

Una Navidad la Mujer Maravilla nos regaló una caja toda chula llena de muñecos de jengibre caseros: firmes, sonrientes, de ambos sexos, con sus camisas y sus pajaritas bien puestas, sus vestiditos rosas y sus rizos rubios. No los olvidaremos en la vida. O al menos, no los puedo olvidar en la vida porque mis hijos Pin y Pon no los olvidan en la vida.

A los dos días de comérnoslos todos, Pin y Pon vinieron a consultarme asuntos de vital importancia:

—Mamá, ¿tú sabes hacer muñecos de jengibre?

—Claro—mentí. (No mentí adrede; en mi mente, yo sabía hacerlos porque sabía que tenía un molde de muñeco de jengibre en la balda más alta de la terraza de la cocina, ahí, donde guardo todo lo que uso a diario.)

—¡Bien, bien! ¿Podemos hacer uno, por favoooorrr?

—Pues claro—dije con toda mi magnanimidad navideña y porque soy una madre que lo vale aunque no sea perfecta como la Mujer Maravilla.

Aquel funesto día hace dos años fue nuestro primer intento. Vino una amiga a ayudarme porque vio que necesitaba apoyo. La receta que teníamos para la masa no era la adecuada, o yo no tenía los ingredientes adecuados, y los muñecos nos salieron amorfos. Intentamos decorarlos pero el glaseado nos salió azul pitufo y quedaron ridículos. Hicimos tanta masa que nos aburrimos de hacer muñecos y ya no sabíamos qué hacer con ella y acabamos dejándola caer en boñigas enormes sobre las bandejas del horno. (Semanas más tarde, Pin llevó una de estas boñigas al colegio para el desayuno y la maestra le preguntó, “¿Eso qué es, una tortilla?” “No —respondió mi hija, siempre protegiendo el honor de la estirpe—, esto es una cabeza de jengibre gigante…sin ojos…”.)

Nuestros muñecos de jengibre. Alta cocina. Por Nosoysuperchef.

La Mujer Maravilla será la Mujer Maravilla, pero yo soy la Mujer Cabezota, así que este año me puse manos a la obra con una nueva receta, la del santo recetario por el que jura mi suegra. Como ese libro a ella no le ha fallado, a mí tampoco me iba a fallar.

La masa inicial tenía buena pinta, confieso. Pero por muy bomba que se lo pasaran mis hijos en la cocina, tuvimos algún que otro desliz al confeccionar nuestros muñecos de jengibre.

Cuando terminamos de decorarlos, To pasó a hacer revisión.

—¿Esos qué son, de alguna escena de The Walking Dead?

Mi marido siempre me apoya al cien por cien.

Pero no pienso rendirme jamás. Como veis, me afecta tanto, que me estoy preparando para la Navidad que viene con nueve meses de antelación. Y he encontrado la solución en Internet.

Muñecos de jengibre Ninja. La Mujer Maravilla será perfecta, pero la Mujer Cabezota es un crack.

Lo siento, seremos muy amigas pero a estas alturas no lo puedo remediar: mis JengiNinjas les van a partir las piernas a sus JengiPanolis.

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23 de febrero de 2012

Esta mañana estaba de lo más feliz.

Llevaba casi toda la semana con Pin y Pon en casa por sendas enfermedades y me había atrasado muchísimo con la vida en general. Para colmo, salimos de viaje este fin de semana, y tenía mucho que preparar.

Esta mañana, por primera vez en su corta vida, Pun decidió echarse una siesta larguísima. Y estando las cosas como estaban, yo no iba a despertarla. No, señor.

Así que despaché a Pin y Pon como pude y me puse a hacer de todo como un torbellino. Recogí toda la casa, vacié el lavavajillas, puse colada tras colada, hice la comida, empecé la maletas, hice una tabla de ejercicios (¡sí, yo!), me ¡¡¡duché!!! (llevaba tres días sin poder ducharme por las circunstancias). Perdí la cuenta de todo lo que hice.

Para quien vive otra serie de sensaciones a diario, esto es como una broma, pero para mí fue histórico ver el fregadero vacío. No estaba de compras ni con mis amigas ni en un spa ni en un rincón leyendo ni echándome la siesta ni comiendo un pastel de chocolate ni de vacaciones, pero os aseguro, estaba feliz de la vida.

Consideremos: madre feliz = niños felices.

¿Cómo estaban los niños esta mañana? ¿Más contentos que unas castañuelas?

Pues no. Al principio sí. Pero conforme recibían respuestas cada vez más cortas, más preguntas hacían. Cuanto más les sacaba rápidamente lo que necesitaban, más cosas me pedían. Cuanto más les ignoraba, más trastadas hacían para conseguir mi atención. Acabaron peleándose y llorando.

En esta ocasión: madre feliz = niños infelices.

Ayer, me tiré media mañana entre leerle a Pin que sufría de otitis y darle el pecho a Pun. Os aseguro que no me sentía feliz. Estaba en pijama, no me había duchado, había caos a mi alrededor. No por mis hijas, sino por lo desastroso de las circunstancias, hubiera preferido estar en cualquier lugar que allí mismo en el sofá con ellas.

Sin embargo, ¿estaban felices mis dos hijas? Ya lo creo, sin sombra de preocupación o de infelicidad.

En esta ocasión: madre infeliz = niños felices.

No es difícil llegar a la conclusión que la meta no es la felicidad en sí.

Mi meta, como madre, es el amor.

Si les hubiera amado un poco más esta mañana – si hubiera dejado tan sólo una de “mis” cosas sin hacer, y les hubiera prestado más atención cuando realmente la necesitaban – hubiera tenido niños seguros y, por ende, felices.

Porque ayer mostré amor a mis niñas a pesar de mis sentimientos, tuve niñas felices.

Y por eso, quiero que mi meta sea:

Madre que ama = niños que se saben amados

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04 de febrero de 2012

Sin duda, uno de los mayores talentos de madres con niños pequeños, preescolares o no, consiste en conseguir horas de sueño en circunstancias adversas. Sí, correcto, léase “horas de sueño” y no noches, la utopía.

Los obstáculos para que consiga horas de dicha sin par son múltiples. Está el niño que se mea en la cama. O que mea en el baño pero primero tiene que decírtelo. O que se quita toda la ropa menos los calzoncillos y viene congelado de madrugada para entrar en calor en tu cama.

Está la niña que tiene pesadillas. Que también te avisa cuando utiliza el baño (o que no te avisa, pero la oyes igualmente). Que te despierta para pedirte cacao para los labios o una manzana porque tiene hambre (¡¿?!). O para avisarte que el hermano está durmiendo debajo de la cama.

Está la bebé que cena su leche a lo largo de la noche. O que suspira. O que necesita una caricia. (La madre le atiende en estado puro de sopor; habiendo probado diversos métodos, al final hace lo que diga la reina.)

Están los vecinos. Cuando hace buen tiempo, están los colegas del bar que amenizan la noche. En invierno, está el vecino que le da por toser. O la de arriba que se pasea en tacones a las dos de la madrugada.

Está la madre en sí con sus propios temas, que también tiene que toser, hacer pis, sonarse los mocos, beber agua, sacar otra manta porque tiene frío, dar un antibiótico de madrugada o mirar el reloj otra vez porque teme que se le haya olvidado poner el despertador.

Pero no está sola, no, o al menos no suele estarlo. Está el marido, también con sus temas: sus ronquidos, algún comentario suelto mientras duerme, la pelea por el edredón, o la noche que se acuesta él más tarde, despertándola al acostarse. Pero sobre todo, está el marido y está… el codo.

Yo puedo sobrevivir que Pon se mee en la cama, que Pun necesite pecho tres veces por noche, sacarle alguna medicina a Pin de madrugada, decirle a mi marido ocho veces que se dé la vuelta y deje de roncar.

Pero lo del codo puede conmigo.

No entiendo de dónde viene el reflejo que tiene mi marido mientras duerme. Le da por abrir y doblar el brazo como si estuviera en una playa a punto de tomar el sol tumbado boca arriba. Sostiene ese codo perpendicular a la cama, desafiando la gravedad, señalando hacia el cielo, y cuando ya no puede más, deja que se desplome en mi cara, en plena órbita o en mi sien.

Menos mal que yo también he desarrollado un reflejo karateka que lo prevé y lo desvía. A estas alturas soy mínimo cinturón negro. Pero nerviosa me deja.

Alguna noche he llegado a rescatar mi propia vida cuatro o cinco veces y hasta le he despertado a To para decirle que su codo intenta asesinarme.

Las noches en las que el codo se comporta, me puede dar igual que me despierten otras sendas causas porque al menos no he recibido un martillazo en el cráneo.

Así que si tenéis todo lo demás, pero no hay codo asesino en vuestra vida, dad las gracias por esas noches de calma relativa.

Y To, yo te quiero con el codo y tó, pero si alguna lectora me da una solución, bien que tu codo se puede  ir preparando…

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22 de enero de 2012

Esta semana llego tarde porque To ha estado de viaje, pero con una idea que creo que os va a gustar.

Superactividad: Terreno en construcción con aparcamiento
Edad: 3-4 años
Materiales: 1-2 recipientes grandes de plástico; tabla tipo Velleda; un rotulador tipo Velleda; arroz, granos de café o arena; coches y camiones de juguete
Gasto: 2-5€
Tiempo de preparación: 5 minutos
Duración de actividad: Indefinida
Nivel de supervisión: 50%

Esta idea la vi en Pinterest pero no apunté el enlace, ni tenía cuenta en Pinterest por aquel entonces, así que no os puedo dirigir al artículo original en inglés. La verdad es que me llamó la atención, pero no tanto como para tomar nota.

Al día siguiente, Pon se puso malo y no pudo ir al colegio. Después de pasar media mañana con él, jugando y leyendo, empecé a desesperarme un poco porque también estaba con Pun y tenía que hacer la comida, y no veía la manera. Además, ya había utilizado su cupo de videojuegos y DVD. Así que me acordé de esta idea y se la monté rápidamente, pensando que se interesaría por ello unos diez minutos. Me equivoqué. Estuvo jugando con ello el día entero.

Con la tabla Velleda, se hace un aparcamiento con números. Esto fue lo que más le fascinó. Se dedicó el día entero a colocar sus coches, a borrar los números, a intentar escribirlos él, y así sucesivamente. En el recipiente de plástico eché arroz para que pudiese jugar con sus camiones a “construir” y moverlo de un lado para otro. (La foto no lo refleja porque la saqué al principio, antes de que jugara, pero al final resultó más práctico contar con dos recipientes.) También eché unas judías blancas que servían a modo de piedras. La autora original de la idea había echado unos granos de café que ya no le servían. Yo utilicé el arroz y las judías que uso para ayudar a Pin con su terapia, que siempre volvemos a guardar y reutilizar.

Siempre me resulta curioso cómo algunas de estas ideas tan sencillas resultan tener tanto éxito.

La supervisión es necesaria sólo en caso de que te preocupe que el arroz acabe por toda la casa o que intenten tragársela. En nuestro caso, la recogida posterior fue fácil porque a él también le preocupaba no “perder” su material de construcción.

Más superactividades preescolares en No soy Supernanny: actividades rápidas, fáciles y baratas para preescolares

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13 de enero de 2012

Hoy ya terminamos esta mini-serie, que se trataba de compartir diez ideas que me habían ayudado en el 2011, por si os servían para este año.

  1. No sentarse.
  2. Aprovechar los ratos de cinco minutos.
  3. Intentar recoger el dormitorio antes que el resto de la casa.
  4. Involucrar a los hermanos.
  5. Preparar todo lo posible por la noche.
  6. Preparar conjuntos de ropa completos para utilizar en cualquier momento.
  7. Recoger contando.

Octavo-décimo consejos, 2012

8. Utilizar un temporizador/cronómetro. El temporizador me ha “salvado la vida” en cuanto a las tareas del hogar todo este año pasado, sobre todo cuando me encontraba mal o cansada por el embarazo. También va con mi personalidad porque tiendo a distraerme o a dejarme abrumar. El que utilizo es el del móvil, o si estoy usando el ordenador, abro esta página directamente. También lo utilizo a la hora de escribir; de esto ya hablamos en su momento.

9. Sincronizar nuestras agendas en Google. El año pasado ya empezó el desbarajuste en nuestra familia entre el sinfín de actividades de cada miembro de la familia. Intentábamos coordinar agendas pero siempre se nos escapaba algún dato. Google calendar al rescate – mi marido con su calendario, yo con el mío, y ambos sincronizados. Si no lo utilizas ya, quizás quieras probarlo para ver si facilita la comunicación y organización en tu familia.

10. Secar el perejil en el microondas. Este último consejo es la solución para tu vida entera. Vale, que no. Pero sí que te dará un perejil seco muy rico. Me gusta más que la variante comercial o que secarlo al aire o congelarlo. Como dice Karlos Arguiñano, “rico, rico”…y con esto, os dejo ya en paz. Que tengáis muy buen 2012, y no olvidéis dejarme algún consejo vuestro del 2011 en los comentarios.

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12 de enero de 2012

Cuarto-séptimo consejos, 2012

4. Involucrar a los hermanos. Tú no eres la única solución a los problemas de tus hijos: ¡también lo son sus hermanos! Con este planteamiento, ya no tienes que ser omnipresente. Enséñales a ayudarse, tanto el mayor al menor como el menor al mayor: que se ayuden entre ellos a abrocharse y desabrocharse el babi, ponerse los zapatos, colocarse el gorro, peinarse, echarse la pasta de dientes… A esta edad, lo encuentran divertido. Esto lo aprendí el año pasado durante el embarazo con Pun, cuando no podía ser “todo para todos”, una lección muy útil y necesaria.

5. Preparar todo lo posible por la noche. Esto ya lo sabéis muchos y lo practicáis, estoy segura, y yo me lo sé de memoria porque mi madre me lo ha dicho toda la vida. Pero he tardado hasta ahora en realmente ponerlo en práctica. Ahora por fin preparo la ropa, las mochilas, todo lo que puedo, la noche antes para que me vaya mejor por la mañana.

6. Preparar conjuntos de ropa completos para utilizar en cualquier momento. Ahora tengo un organizador colgado en el armario en el que coloco conjuntos de ropa para Pin y Pon que lo incluyan todo, hasta la ropa interior. Cuando estoy guardando la ropa que he lavado, aprovecho y preparo conjuntos nuevos para insertar en el organizador. Así siempre hay por lo menos dos conjuntos para cada uno en cualquier momento dado, y si yo estoy ocupada con la bebé, mi marido puede vestir a los mayores rápidamente sin tener que pensar.

7. Recoger contando. En el pasado os he hablado de recoger bailando, que funciona muy bien. Otra manera de recoger, sobre todo cuando están cansados del colegio, es decirles un número determinado de objetos que tienen que recoger – o que elijan ellos el número. Os diré un secreto: aunque digan de recoger siete cosas, seguirán recogiendo más allá del número porque les encanta hacer una demostración de cuánto saben contar.

Espero que estas cuatro ideas os hagan la vida más fácil en el 2012. Mañana más, que os dije que eran diez en total.

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11 de enero de 2012

Tercer consejo, 2012 (os recuerdo que os estoy dando ideas para este año en base a mis experiencias del año pasado):

3. Intentar recoger nuestro dormitorio antes que el resto de la casa.

Creo que como la mayoría de los dormitorios de padres con preescolares, nuestro dormitorio es un vertedero. Los cochecitos, botones, pañales, pinturas, gomas de pelo, Playmobiles, medicinas, camisetas, dibujos, recibos, pañuelos y cuentos se apoderan de la cama y de las mesitas de noche. La ropa se multiplica alegremente por doquier: la que hay que tender, la que se ha tendido ya, la que hay que doblar, la que hay que planchar, la que hay que regalar, la que hay que arreglar, la que hay que guardar, la que hay que matar… Pero si sólo fuera ropa… También se trata de papeles, porque es donde tengo mi pseudo-despacho. Si la ropa se multiplica alegremente, lo de los papeles es una invasión exponencial. Por si no fuera suficiente ya, nuestro dormitorio es el sitio más indicado para el método Vamos a la cama que ya os expliqué en su momento.

El dormitorio despejado de alguna persona inteligente con vistas a la playa igualitas, igualitas a las mías (por supuesto, ¿qué os pensáis, que vivo en un barrio normal?)

Como se puede cerrar la puerta del vertedero, es fácil dejar su limpieza para lo último, ya que tendemos a centrarnos más en la cocina, en el salón, o en los desastres que arman los niños en su dormitorio o en el baño.

Pero lo que pasaba el año pasado es que llegaba el final del día y, como las personas normales que hay en el mundo, quería descansar. Y el alpinismo no se me daba bien. Es decir, que no me iba aquello de encaramarme con un saco de dormir en una montaña de _________ (rellénese el espacio, lo que encontrara en mi cama y sus inmediaciones).

Nuestro dormitorio me invitaba a la histeria, desesperación, hiperventilación: todo menos el recogimiento y el descanso.

Así que, aunque siga siendo una asignatura pendiente, ahora intento que nuestro dormitorio sea uno de los primeros sitios en despejar.

Ahora sólo me queda solucionar el hecho de que el vertedero se haya apoderado del otro 80% de mi casa.

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10 de enero de 2012

Después de darte cuenta de que está prohibido sentarse, empiezas a delirar y a enloquecer aún más: te empiezan a obsesionar los minutos. Escuchad mi segundo consejo, 2012 (basado en la experiencia del año pasado):

2. Aprovechar los ratos de cinco minutos.

Suena un poco maniático, pero se puede hacer mucho en cinco minutos. En una familia con preescolares, los cinco minutos cuentan para todo: para recoger el salón o una habitación, para recoger la mesa, para doblar la ropa. Cuando se trata de cinco minutos con cuatro personas empleadas a fondo, ni os cuento. Colaboración al máximo en cinco minutos de reloj. Los resultados nunca dejan de sorprenderme.

Con los espacios de cinco minutos, en particular, se pueden vencer las áreas que no nos gustan. Las que evitamos. Las que incluso odiamos.

Bueno, ejem, esta nevera la he encontrado en Google. Creo que esta familia se merece lo del patrimonio de la humanidad.

Por ejemplo, qué queréis que os diga: odio limpiar la nevera. No me refiero a limpiarla en sí, sino a mantenerla ordenadada, cada balda con su comida correspondiente, sin alienígenas asomando de los botes de tomate frito medio usados ni un jardín creciendo donde antes estaban las zanahorias. Mi nevera podría ser patrimonio de la humanidad, con lo turístico que es: contiene monumentos, especies en peligro de extinción, parques naturales… Por desgracia, la gente prefiere otro tipo de turismo, así que me tengo que dedicar a mantenerla utilizable para la familia.  Si lo pienso, nunca paso el rastrillo por la nevera, porque mi subconsciente (la no-Supernanny) me dice que va a ser un trabajo enorme. Pero si dedico cinco minutos a la tarea, consigo devolver tres baldas a un nivel de limpieza humana…y si he podido con tres en cinco minutos, termino el resto del patrimonio sin problema porque ya estoy animada.

No sé si lo tuyo serán las neveras. A lo mejor son los cristales, las pelotas de pelusa debajo de la cama o el entrecejo de tu pareja. Sea lo que sea, piénsalo la próxima vez que te sientas culpable por una tarea que aborreces: sólo cinco minutos. Cinco minutos de nada, y una mejor vida en el 2012.

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